Incongruentes

A Carla, que va de sincera por la vida, que se vanagloria de ser honesta y al que no le guste que no mire. Digo lo que pienso, dice. Jamás piensa lo que dice. Y los demás mejor que no digan nada, no sea que se moleste.

A Santiaguito el facha. Tiene veinte años y lleva su bandera en la muñeca. No estudia, no trabaja. Defiende su patria de elementos subversivos, se pajea escuchando himnos y consignas. Su madre friega escaleras, su padre lleva diez años en el paro. La culpa de todo es de los negros y los sudacas.

A Emilia, la señorona que va a misa de siete todas las tardes. Le gusta el olor a santidad de la iglesia, los oros que decoran el altar mayor, la riqueza de los bordados del manto de la virgen a la que le reza todos los días. Una vez al mes se confiesa con el párroco. Luego vuelve a casa más limpia, más pura. Allí, cada noche, reza el rosario y pone velas a los santos. No tiene que hacer nada más. Así prepara su subida a los cielos.

A Ernesto, dinosaurio de la transición que defiende la sacrosanta libertad de expresión. Es como Carla, pero le pagan por ello. Libertad de expresión, libertad de información, dice. Saca pecho orgulloso de sí mismo, se le envanece la cara mientras recita de corrido toda su mierda delante de las cámaras. Treinta años de periodismo le avalan, todo en nombre de la libertad de expresión. Fue el primero en aplaudir la entrada en prisión de aquel rapero. Para largar mierda sobre otros hace falta carné.

A LysBookstagramer99, que ama leer por encima de todas las cosas. Devora una media de quince libros al mes al tiempo que estudia o trabaja (no se sabe bien), que se publicita por redes, que reseña todo cuanto lee y opina de todo cuanto los demás leen, que se nutre y, es de suponer, se relaciona en la vida real con otros seres. Si le preguntas por un libro que se leyera hace dos meses te dirá que mejor lo busques en su perfil, que obviamente no se acuerda de nada.

A Yolanda. Como buena roja de pro, experimenta orgasmos cada vez que ve a alguien con palestina alrededor del cuello y puño en alto. Stalin y Fidel son mejores que Hitler o Mussolini, por supuesto, y Bardem es su ídolo. Aplaude sin reservas cuantas medidas sociales implementa el gobierno progre de turno (los fachas a los que defiende Santiaguito no hacen esas cosas), lleva a reparar su coche a un taller que no le hace factura y a la vez se queja amargamente de la ingente cantidad de impuestos que tiene que pagar todos los meses de su nómina de 3500 euros. Se siente, dice, estafada.

A Aurelio, el más íntegro de todos los señores respetables que peinan canas. Cree en el esfuerzo, el trabajo y la honestidad bien entendida. Rectitud, compromiso. Da lecciones con solo respirar. A veces, para celebrar el trabajo bien hecho, se va por ahí de putas. Su mujer lo sabe desde hace tiempo, pero no se atreve a decirle nada, no vaya a ser que su marido vuelva a sacar la mano a pasear.

A Ismael, que está siempre a la última, que consume series, películas, lo mismo comerciales que independientes, libros de autores que no conocen ni en su casa, que va a festivales, que sigue Eurovisión como mandan los cánones, que se anticipa a lo que está por venir, que además es hiper-mega-sensible y profundo. Ismael, que tiene un ombligo del tamaño de un agujero negro y se erige, por tanto, como excepción a esa regla que dice que el conocimiento nos hará libres.

A todos vosotros, clichés impagables, deciros que me tenéis francamente hasta los cojones. Pero también que alimentáis cuanto escribo.

4 comentarios en “Incongruentes

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