Honestidad brutal, sentimiento trágico

Cierras los ojos y te sumerges en la oscuridad. En el rasgueo distorsionado de la guitarra, en los teclados lúgubres, en la pregunta sin respuesta, quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido, y el alma post-adolescente se deja entonces arropar por el sentimiento trágico de la vida. No hay marcha atrás: haces tuyas las tristezas, todas las hecatombes sentimentales vomitadas en verborrea creativa, ¿soñaste despierto alguna vez?, anticipas, a los dieciocho, dieciocho años de vida, vida que cambia, a mejor, a peor, anticipas la nostalgia, ¿por qué ya no sueñas dormido?, a los dieciocho andas ya haciendo tuyo el sufrimiento ajeno, y el alma post-adolescente que reclama más, un poco más de esa droga sonora que se te revuelve por dentro, como el humo de un cigarrillo, como el vapor tóxico del alcohol, viernes noche, sábado noche, vicios inocentes de niño mediano, niño poco acostumbrado al dolor, tan solo un dolor amaestrado, dolor manso de galería, relativizado, diluido a pura costumbre de exhibirlo.

Cierras los ojos, sí, el salón desaparece, la habitación se hunde en sombras, ¿te suena?, cierras los ojos y aspiras al dolor, como quien sueña la paz mundial o ser más alto, más listo, más fuerte. Maratón sentimental. De primeras desdeñas canciones triviales, Clonazepam y circo, Una bomba, Veneno. ¿Quién las necesita? Relleno, argamasa. Prefieres centrarte en las canciones de verdad, aferrarte a la depresión, como si tus querencias sirviesen para definir tu propio padecimiento: El día de la mujer mundial, claro, pero también La parte de adelante, Los aviones, Son las nueve, o Paloma, sobre todo Paloma, canción de madrugada, ¿halo de esperanza?, sí, tímido, apocado hilillo de luz, frases con las que acaso rellenar paredes, eslóganes, leyes de vida, no todo está perdido después de todo, te dices, se requiere algo, luz que equilibre, que contrarreste las sombras, porque aun en el fondo del pozo uno puede aspirar en algún momento a cierta dosis moderada de felicidad, y cantar al amor atormentado fue siempre mejor que cantar al desamor. Hoy no estoy adentro mío. ¿Para qué más?

Cierras los ojos, te la juegas con el segundo disco, del tirón, para qué esperar, y sigues un proceso similar, recreándote en canciones que pronto devienen en hallazgos propios, en maravillas que reivindicar frente a los amigos, El tren que pasa, Mi propia trampa, Aquellos besos, No son horas, Las heridas, rechazando de nuevo lo accesorio, Voy a dormir, Mi quebranto, Para qué, No va más, dándole por último oportunidad penúltima a la densa, desbocada, infatigable, excesiva, sumaria en intención, No tan Buenos Aires, la escuchas todavía fresco, primera canción, con los ojos cerrados, y en el envés de los párpados no tardan en dibujarse los contornos de una plaza soleada con pequeñas fuentes a los lados, frente a los billares de la explanada de la estación, y piensas: allá éramos felices, sentado en el banco fumando un cigarro mientras los demás llegaban para la partida, no hace tanto de eso, no hace tanto tiempo y ya lo echas de menos, sabe a irreversible, sabe a cosas que nunca regresarán, a nostalgia de mierda impropia, o al menos más impropia que ese amor terrible que te nutre y te sostiene.

Cuando abres los ojos, de vuelta del viaje, sientes que has dejado parte de tu felicidad en el hueco de la cama. Que no es posible ser feliz después de haber escuchado esas canciones. Calamaro lo llegaría a decir, si bien a razón de otra canción, Gaviotas, grabada con posterioridad: que después de componer esa canción, supo que jamás volvería a ser feliz. Más madera, malditismo ilustrado. El mensaje calaría igual que las canciones. Nuestras almas puras de post-adolescente eran esponjas dispuestas a absorber el sufrimiento ajeno, cualquiera que fuera su forma.

Lástima que no estuviéramos preparados para entender un disco así en toda su dimensión. No podíamos, no. Éramos demasiado jóvenes. Solo el tiempo nos permitiría ver más allá del sentimiento trágico de la vida, ese que a menudo nos ciega y nos obnubila, para descubrirnos ante uno de los mejores discos de rock en castellano que se hayan hecho jamás.

Rock y mucho más.

Un comentario en “Honestidad brutal, sentimiento trágico

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