
«Caminaba por las calles desiertas con la vaga impresión de que no era aquel el pueblo que recordaba, como si algo intangible, inefable, se hubiera posado sobre los tejados rojos de las casas, dejando caer alrededor una suerte de trama invisible que hubiese terminado arrebatando el espacio al aire mismo, algo así como un éter denso y opresivo que lo hubiera cubierto todo hasta donde la vista alcanzaba, y en cuyo seno viscoso debía moverse de ahora en adelante: moverse, caminar como último recurso para espantar el recuerdo y la culpa y aquellas palabras que seguían repitiéndose en su cabeza: «¿Qué sabes tú del amor, pobre idiota?»; avanzar a pesar de sus miembros agarrotados, que a duras penas lograba levantar del suelo en pos del siguiente paso, sometidas sus piernas, sometidos los brazos y hasta el entendimiento al inconmensurable peso de aquel fluido pegajoso que era ya parte intrínseca de cuanto constituía el mundo conocido. Un mundo segmentado y raro; el mundo que había pretendido habitar, al que había quedado ligado de forma cruel el destino de Daniela, la vida escrita y resuelta a la tierna edad de diecisiete años. Daniela ya no estaba. Solo quedaban sus palabras retumbando con insistencia en la memoria, solo su fantasma acosándolo desde los rincones prohibidos del amor, riéndose de él, señalándolo con el dedo mientras entregaba su cuerpo perfecto, su cuerpo blanco y con olor a jazmines, a las vagas sombras que brotaban de la incertidumbre, como un insulto a su orgullo herido, atormentándolo desde el otro lado, dejando en evidencia sus carencias y contradicciones. Y él entretanto seguía ahí, aunque el mundo, tal y como lo conocía, había cambiado para siempre».
Félix Narváez es uno de los personajes principales de Los caminos del odio. Contradictorio, acomplejado, débil. Su relación con Daniela Gamboa marcará su destino. ¿Quieres saber más de él?
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