La «llamada de la sangre»

«Era cuestión de tiempo que el animal volviera a asomar. Porque el hombre puede vivir indefinidamente acorde a las normas y convenciones que la sociedad impone, pero la naturaleza de cada cual siempre acaba aflorando. Pasaron varios años desde su llegada a Santa Clara hasta que volvió a sentir en su interior la «llamada de la sangre». La elegida en esta ocasión fue Daniela Gamboa, aquella muchacha engreída y presuntuosa en la que intuyó desde el principio, casi desde que la conociera siendo todavía una niña, el germen sedicioso del Mal: otro ser despótico y brutal, dispensado de cualquier género de humildad, conmiseración o simple arrepentimiento; un ser acostumbrado a hacer su voluntad a costa de la humillación ajena, puro desdén y soberbia, dispuesto siempre a minar la voluntad de quien tuviera la desgracia de contrariar su capricho. Aún recordaba, por doloroso, el día en que vio a Daniela desde detrás de la vidriera del bar Robles mofándose de Gastón, un pobre tarado que vivía con su madre y que vagaba de acá para allá regalando dibujitos a cambio de cerveza. Le había arrancado de las manos el dibujo que pretendía canjear en el bar y, tras hacer varias veces el amago de ir a devolvérselo, había terminado dejándolo caer como por descuido en un charco. De nada sirvieron las quejas e incluso las lágrimas del pobre desgraciado. Mientras las amigas de Daniela le reían la gracia como si tal cosa, los pánfilos que las acompañaban miraban estupefactos y sin decir nada, no fuera a ser que al final no lograran llevársela a la cama. Tal vez fue ese día cuando volvió a sentir el impulso de otras veces, esa «llamada de la sangre»».

Daniela Gamboa… Epicentro de todo cuanto sucede en Los caminos del odio, desencadenante aciago, sumidero de amor y de rabia. ¿Quieres saber más de ella?

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