Los perros y la calle

La idea del perro surgió casi de inmediato, desde que escribí las primeras frases de la novela. Algo sutil, pero que debía aparecer acá y allá: ladridos rompiendo el silencio de la madrugada, la quietud de las calles vacías, ladridos como los que yo mismo escuchaba de pequeño desde la cama, ladridos que tenían que recordar que el Mal seguía estando ahí, al acecho, ni muy lejos ni muy cerca, al alcance siempre del desastre. Pensé entonces que sería bueno que el perro fuera la imagen, el motivo recurrente a utilizar no solo en la portada —portada incómoda, portada que pretende incomodar, portada disculpen si no hace justicia al contenido o viceversa—, sino también en la promoción.

La calle debía estar ahí. Una calle de casas blancas, solitaria. Daniela y Félix, Héctor, y también Gabriela: todos los protagonistas de «Los caminos del odio», en algún punto de la novela, recorren sin rumbo las calles blancas de Santa Clara. De lejos, a veces, se oye el ladrido de un perro. Quien lo lea entenderá.

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