
«La gente se preguntaba por qué Héctor permanecía aún en el pueblo, si tan evidente era el desdén que sentía por todo cuanto tuviera que ver con Santa Clara. Muchos habrían querido perder para siempre de vista su rostro severo, sus delicadas maneras de tipo de ciudad, su forma de conducirse y comportarse con todos, como si estuviera situado por encima del Bien y del Mal. Siempre se rumoreó que Héctor había intentado emprender la huida en su juventud. Quizás aspirase por entonces a algo mejor de lo que al final las circunstancias y los malos tiempos lo obligaron a asumir: quedarse en el pueblo, aferrado a la relativa seguridad que le proporcionaba el negocio familiar; reconocer su propia cobardía, su falta de redaños para escapar sin mirar atrás. Muchas eran las historias que se contaban a este respecto, algunas más fundamentadas que otras. De lo que nadie tenía la menor duda, por muchas críticas que suscitara, era del empeño que Héctor había mostrado siempre en procurar para su hija un destino distinto al suyo. Había luchado con todas sus fuerzas, durante toda su vida, por dar a Daniela la posibilidad de elegir. Ella debía ser su mayor orgullo, su mayor obra, el triunfo final de sus ambiciones. Todos en el pueblo lo sabían: que el destino de Daniela se encontraba muy lejos de allí.
»Ahora, quién se lo iba a decir, todo se había resquebrajado. Jamás se materializarían los sueños de Héctor, jamás abandonaría Daniela la tierra húmeda de Santa Clara sobre la que yacía su cuerpo sin vida. Y, pensando en esto, su asesino no pudo por menos que sonreír otra vez, imaginando la reacción del temible Héctor Gamboa cuando se enterase de que no quedaba más esperanza para él y los suyos».
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