
Tal vez no sean los más animados del mundo, ni los más ligeros. No pretenden ser best sellers, pues conocen las limitaciones que conllevan un nombre desconocido, un mercado saturado y un alcance residual. Tampoco buscan el prestigio de lo minoritario, ni reinventar un oficio en el que prácticamente está todo dicho y del que aún queda casi todo por aprender. Son criaturas imperfectas, apresuradas algunas, otras algo más reflexivas, cándidas, bienintencionadas obras de alguien que solo busca un contento que a veces se le resiste, por exigencia o por simple frustración. Aun así lo intenta, un día tras otro, por afición, por costumbre, por el placer efímero de creer que lo que hace merece la pena, al menos para él. Ese fue el pacto desde el principio: ser fiel a uno mismo, divertirse, escribir solo sobre aquello que logre agitar la pasión, ajeno a modas y al peligro de una ambición sin fundamento. Escribir empieza en ese pacto inquebrantable con la propia conciencia. Todo lo demás, lo bueno y lo malo, el éxito o el fracaso, es accesorio.
Feliz día del libro. Quedémonos con el contenido mejor que con el continente. Porque aún quedan muchas historias que contar, por mucho que esté todo contado. Solo hacen falta manos que las escriban y ojos que las salven del olvido.