De mosquitos y otras especies

Imagina que estás sentado solo en una terraza, rodeado de naturaleza y de inevitable civilización. Desayuno de cara al mar si así lo deseas. Maravilloso. Escena tan bucólica en marco tan incomparable estará abocada, sin embargo, a verse interrumpida de continuo por multitud de intromisiones y de estímulos no deseados, la mayor parte provocados por agentes externos, siempre molestos, claro, siempre inoportunos cuando venimos buscando tranquilidad y, por qué no decirlo, algo de premeditada soledad.

Pongamos por ejemplo el caso de un mosquito y reflexionemos un poco. El mosquito revolotea, molesto y persistente, en torno a tu cabeza, pero, absorbido en su tarea, limitado por su condición de mosquito, en ningún momento asociará que la súbita ráfaga de aire que lo aleja momentáneamente de su objetivo procede de tus labios. Su ínfimo estadio evolutivo no le da para tales relaciones causa-efecto. Lo mismo sucedería si quisieras espantarlo de un manotazo: el mosquito jamás asociaría esa amenaza con un apéndice movido a tu voluntad para hacerle daño.

Fijémonos ahora en el gorrión que acude al reclamo de las migas de pan que se esparcen por tu mesa. Pese a no tratarse de un ser especialmente evolucionado, pariente lejano de los dinosaurios como dicen que es, el gorrión será con toda probabilidad capaz de identificar el gesto noble de arrojarle algún pedazo de pan como algo que mana directamente de tu voluntad. Es incluso posible que lo sepa de veras, y que sea esa noción adquirida por instinto la que lo hace aproximarse con cautela y también con esperanza.

Las dudas sembradas por mosquito y gorrión quedarán despejadas por el perro bobalicón que se acerca confiado en obtener lo mismo algo de comida que una caricia. Pese a su lógica falta de consideración y de respeto —al fin y al cabo no es más que un perro bobalicón— él sí sabe quién manda, él sí sabe cómo funcionan las cosas y quién eres, o al menos qué representas en esa escala evolutiva, aunque sea por mero instinto de supervivencia. En ese sentido, podría decirse que su estado de conciencia, mitificado hasta extremos insospechados por sus incondicionales, es a veces asombroso.

De cualquier modo, ninguno de ellos, mosquito, gorrión o perro, debería causarnos tanto enojo como el hombre. Porque es llegando por fin al pico de la evolución cuando, sorprendentemente, surgen de nuevo las dudas, y allá donde el hombre debería entender sin dificultades el juego de voluntades que rige nuestros actos, resulta que tiende a comportarse en cambio como un molesto mosquito revoloteándote en la cara, zumbándote en el oído, consumiéndote las ganas, la sangre y la paciencia, jodiéndote, en definitiva, la escena bucólica del desayuno frente al mar, blindado a las palabras, a los designios ajenos y a los gestos, a la más mínima convención social que haya podido alcanzarse tras siglos y siglos de evolución al cabo malograda.

Eso sí tendría que indignarnos, tanto o más que al tipo que inventó el concepto de isla desierta como hermosa utopía.

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