Fuegos artificiales

Los fuegos artificiales estallaban en el cielo, esforzándose por tronar al son de la música. La plaza en silencio, a oscuras. Las cabezas en alto. Poco antes, el fin del mundo había asomado por vez primera a las salas del cuartelillo del Santo Entierro, como la Muerte Roja en los aposentos del príncipe Próspero. Nos buscaba. Me buscaba. Era solo una idea, algo sutil que poco a poco cobraba más fuerza. Nosotros, entretanto, reíamos. Brindábamos. Fotos, abrazos. Peleados con la pena, aquello parecía más una despedida que un comienzo. Una bonita despedida. Pensé que así tendrían que ser todas: la persona amada, unos pocos amigos, una copa en alto, la larga noche por delante. Felicidad. Quizás no hubiera mañana, pero ¿quien lo necesitaba? Bastaba con poder preservar aquel momento. Bastaba ese presente, congelado ya en los anales del tiempo: un cuerpo que se estrechaba al mío en mitad de la plaza, cabezas en alto, y, arriba, los fuegos artificiales, tronando al unísono en el cielo hueco, desvalidos en medio de la madrugada de un mundo que bien podía ser que se acabara.

Éramos solos y eternos. Nada más importaba.

Aquella noche nació «Memorial del fin del mundo».

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