Perseidas

Miraba al cielo lleno de estrellas con ojillos brillantes. Sentada en el banco de madera del jardín, cabeza arriba, plano picado de cuerpo menudo. Sus labios se apretaban, temblorosos; su cuerpo aterido de frío se tensaba en vana expectativa, murmurando, soñando en voz alta: «Tan bonito si fuera verdad, cariño, si todo fuese tan sencillo como alzar la cabeza al cielo negro y esperar a que pase una estrella, pedir un deseo, que el universo eche a rodar y haga que se cumpla…». Todavía me parece que la estoy viendo, tan hermosa mientras aguardaba a que los astros hicieran su magia, aun sabiendo que son cosas de niños, que las estrellas fugaces no atienden deseos, de la misma manera que las pestañas que caen sobre nuestras mejillas no son heraldos de buenas nuevas, ni siquiera cuando echan a volar después de cerrar los ojos y soplar. «Pero sería bonito… ¿A que sí?». Le expliqué que, aun habiendo deseos que no podemos evitar seguir deseando, por mucho que sepamos que jamás se cumplirán, hay otros, en cambio, que pueden dar la sorpresa en cualquier momento. Basta con creer, sobreponerse a la frustración. «Pero ¿cómo vamos a confiar, después de tantos esfuerzos en balde?», me preguntó ella, la vista clavada en el firmamento. «¿Cómo?».

Pasó entonces la estrella (yo no la vi) y pidió a saber qué cosa, lo dijo para sí y luego, superado el mal rato, sonrió satisfecha. Había cumplido el ritual, se había ceñido a las normas del hechizo, y por un segundo, abrazándose a sus piernas encogidas, creyó de veras que sus deseos, al menos algunos, podrían cumplirse. Un calor nuevo me subió a los labios al verla así. Habría querido abrir en canal la Vía Láctea y hallar en sus tripas negras el mecanismo primitivo que permite a los humanos adaptar el rumbo de los astros a sus propios designios. Habría hecho lo que fuera, cualquier cosa. Le dije que lo conseguiríamos, convencido. Después de todo, pensé mientras le cogía de la mano, se trata de pelear. Algo que ni siquiera las estrellas entienden, estáticas como están en mitad de la nada, tan solo esperando a consumirse. Pelear.

Todavía hoy lo creo.

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