Teoría involutiva

Es cierto: hace tiempo que perdimos la autocritica. Perdimos el deseo de superarnos como especie. Un asteroide sobre nuestras cabezas y ¡zas!, se acabó. Eso sería lo mejor. Sin embargo, también es cierto que el ser humano jamás se superó a sí mismo por iniciativa propia. Siempre sobrevino un cambio, un hecho dramático que precipitó los acontecimientos, que nos obligó a revolvernos contra nosotros mismos y a improvisar nuevas actitudes, a buscar metas más elevadas. Fue, en la mayoría de los casos, por una simple cuestión de supervivencia: o cambiáis o ya pueden ir dándoos por culo. Eso habría dicho el Demiurgo de turno, desengañado al vernos cada vez más alejados de su imagen y semejanza. Porque, reconozcámoslo, cambiar no es sinónimo de mejorar: los cambios también pueden ser a peor. De hecho, a lo largo de la historia los ha habido a patadas, por mucho que hablemos de progreso y de evolución como algo siempre beneficioso para el hombre, una carrera imparable, una puesta a punto periódica y necesaria que nos ha terminado conduciendo, fíjate que cosas, al actual estado de complacencia generalizada, según la cual resulta que ya no necesitamos cambiar/mejorar. ¿Para qué, si somos la hostia? Ni siquiera una pandemia a nivel planetario ha servido para mejorar la especie. Por contra, nos regodeamos en lo que somos más que nunca, reinvidicamos nuestra actitud liberal (o cívico-egoísta-asalvajada, según el caso) como seña de identidad, y, al que no le guste, pues mierda encima que le toca y a otra cosa, que para eso el progreso trajo consigo la tecnología, Internet, los likes sin conocimiento de causa y el sacrosanto derecho a putear libremente a través de las redes a quien se nos cruce de mala manera.

Por descontado, esto es simplemente la percepción de alguien fuera de tiempo, una nube negra que hace mucho que dejó de enarcar las cejas de asombro y felicidad por cualquier gilipollez y que, entre otras cosas, ya no se congratula de aparentes muestras de humanidad que más tienen de manipulación, pose o, sencillamente, pura y dura obligación (personal o laboral, que lo mismo da) que de espontáneo acto de generosidad. Aparte de eso, y como dueño de mi propia opinión que soy, considero, por muy simplista que resulte, que el único progreso del que somos partícipes y que de veras nos importa es el de nuestros bolsillos, para bien o para mal. Al prójimo, entretanto, que le den; pero eso sí: de buen rollo. Es, a fin de cuentas, en lo que todos hemos sido educados. Aun así, procuro conservar cierto grado de lucidez en medio de toda ese optimismo políticamente correcto y descerebrado que en la actualidad impera en la sociedad (también llamado hipocresía), ese que hace más flagrante si cabe el egoísmo innato de todos nosotros cuando, en según qué situaciones, queda en envidencia nuestra incapacidad para ser tan maravillosos como pretendemos ser. Y no lo hago porque me crea mejor o peor que nadie, sino porque me niego a ser hipócrit… perdón, políticamente correcto e intento asumir mis taras, que ya es algo. Con eso y con todo, me considero educado, tanto como la estupidez ajena me lo permite. Nada de honestidad forzada, nada de creer en la supuesta libertad para herir o insultar a los demás con tal de ser «sinceros», o pensar que mis opiniones son inmunes a la consideración de los demás. Soy tan realista como la realidad sesgada que nos venden me lo permite, y, como el resto de la humanidad, hace mucho que tiré la toalla en cuestiones evolutivas. Hubo un tiempo, no obstante, que creí que podría mejorar a mis antecesores: que nuestra generación, antes de extraviarse en el mar tecnológico del siglo XXI, haría buenos los esfuerzos y los errores de quienes nos condujeron hasta aquí. Me equivoqué. Con sus cosas buenas, que también las habrá, creo que hemos terminado estancándonos.

Semejante planteamiento podrá tildarse, según quien me juzgue, de desalentadoramente realista o de pura y sencillamente catastrofista. Pero hay también, aunque no lo parezca, cierto idealismo trasnochado detrás de mis palabras. Porque soy de esos ilusos descreídos que gustan pensar que algo distinto es posible, si bien en otras circunstancias: quizás en otro mundo, un mundo muy distinto del que nos ha tocado vivir. Ahí es donde entra en juego, como buen abrevadero de bilis, la literatura y su capacidad de crear mundos a medida. Antes dije que solo bajo condiciones excepcionales puede el ser humano cambiar/mejorar. Y lo mantengo, aunque nos empeñemos, día tras día y crisis tras crisis, en llevarnos la contraria en lo que respecta a buenas intenciones. Así, en la novela, Mónica y David, y también el pequeño Diego, podrían haber dignificado sin duda nuestra especie de no mediar un asteroide. Ellos eran la esperanza, ese futuro que, por no existir todavía, siempre parece prometer tiempos mejores. Muchos de los errores y miserias del presente también estaban planteados, así como el hecho dramático en sí, ese detonante demandando un cambio aquí y ahora. Pero supongo que un fin del mundo es mucho más de lo que cualquier buena intención podía estar dispuesta a enmendar. Quizás si Bruce Willis hubiera intervenido, salvador ocasional y fortuito de viejas generaciones como siempre fue, las cosas habrían sido un poco mejores: al menos chavales como Mónica o David habrían dispuesto de tiempo para cambiar la realidad. Y es precisamente la mera intuición de esta posibilidad la que, contra todo pronóstico, arroja una luz de esperanza en medio de la tan trillada distopía. Al menos en el terreno de los sueños hechos de palabras.

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