Javier y el fuego

Javier contemplaba el baile hipnótico de las llamas en el hogar. Sus ojos de niño raro, grandes, redondos y oscuros, no parecían estar hechos para otra cosa que no fuera observar el ritual inefable del fuego: el crepitar lento y resinoso de los maderos retorcidos, el humo ascendiendo en caprichosas curvas, arriba, arriba, por la garganta negra que se abría al cielo cuajado de estrellas. Detrás del cuerpo menudo de Javier, mientras, los adultos proseguían con la celebración de Nochebuena. Reían más alto y hasta se diría que más honestamente que de costumbre, brindaban ruidosamente, se abrazaban e incluso se arrancaban a cantar algunas de las canciones que sonaban por televisión. Hacía falta una fiesta así después de los últimos cambios, la mudanza a la nueva casa y todas esas cosas. Por su parte, los primos de Javier lo habían dado por imposible hacía ya un rato, cansados de verlo mirar las llamas en continuo movimiento (será la novedad, pensaron), y se habían puesto a jugar al futbolín con el tío Paco en la entrada de casa. El futbolín, un armatoste desmontable de plástico y patas metálicas que Papá Noel había traído las navidades anteriores, nunca había sido muy del agrado de Javier (entre otras cosas, era un niño muy bajito para sus nueve años, y, aunque llegaba bien a las barras, no le daba para visualizar el terreno de juego como debía), de manera que le importaba entre poco y nada que sus primos y su tío lo usaran, aun haciéndolo de esa manera bronca y descuidada que se gastan las personas con las cosas que no son suyas. !Clac-clac!, se oía cada dos por tres a través de la puerta entornada del salón, !clac-clac!, y la voz fastidiosa del tío Paco exhortando a sus hijos y sobrinos a atizarle más fuerte a la bola, que parecían unos moñas. Seguramente, pensó Javier, terminaran cargándose alguno de los muñecos, o peor aún, algún cristal de la puerta del salón si, en efecto, los pobres chavales dejaban de comportarse en algún momento como unos moñas. Habría entonces que escuchar a mamá, a ver quién era el machote que le replicaba… Pero en fin, todo eso daba igual. A Javier lo único que le importaba era el fuego. De vez en cuando la madre le decía que se apartara un poco de la chimenea, que le iba a dar algo de estar tan cerca del calor, pero Javier no parecía oírla: por algún motivo, era crucial para él que el fuego no se apagara, que siguiera ardiendo como el infierno hasta el fin del mundo. Así, cada vez que las llamas empezaban a menguar Javier despertaba de su estado semi-hipnótico, se giraba alarmado como un resorte, recogía de la mesa unos cuantos envoltorios de bombones, así como servilletas sucias o cualquier cosa que combustionara fácil y bien, y los arrojaba al fuego sin vacilar. Volvía a hacerse la luz y Javier sonreía de nuevo. Otras veces, cuando lo que el fuego requería eran nuevos troncos, Javier se acercaba a su hermano mayor, Roberto, y le pedía que trajera unos pocos más de la terraza, no fuera a ser que se apagase la chimenea y se pelaran de frío. Roberto, más por aburrimiento que por verdadera preocupación, se encogía entonces de hombros y obedecía pragmáticamente, a sabiendas que, de no hacerlo, su hermanito no lo dejaría en paz en toda la noche.

Llegó un punto en que algunos tíos y primos empezaron a desfilar hacia la puerta de la casa: «Habrá que marcharse, que si no Papá Noel va a pasar de largo», alegaban. Javier apenas si se giraba de su puesto de vigilancia para despedirse; dejaba que le besaran la cocorota de pelillos tiesos y musitaba un adiós narcotizado. De fondo, el tío Paco seguía a lo suyo: que si había que darle más fuerte, que si el molinillo no estaba permitido, que si eran todos una panda de maricas… ¡Clac-clac!, y a continuación ruido de plástico crujiendo. «No, si al final romperán el futbolín…». Aunque, para el caso, mejor así. Total, Javier jamás pidió al gordo de Papá Noel que le trajera ese chisme. Fue una más de las sorpresas inesperadas y desagradables que este le deparaba cada año: el futbolín, aquel libro enorme de cuentos infantiles de hace un par de años, la camisa y el pantalón a juego de hace tres (ambos igual de feos)… Siempre igual. Y eso que su madre le pedía que empezara a pensar en la carta allá por noviembre. Dicho y hecho. Javier se devaneaba entonces los sesos durante varios días, decidiéndose entre los mejores regalos, aquellos a los que mayor rendimiento podría sacarles dadas las circunstancias, incluso aquellos que era más probable que el penco de Papá Noel no olvidase, y para mediados de mes, tras ardua reflexión, ya lo tenía todo decidido. Pero ¿para qué? De todo lo que incluía en la carta, al final el gordo traía la mitad de las cosas, y eso en el mejor de los casos; el resto, lo que le salía a él de las narices. Javier estaba más que harto. Lo peor era saber que ese año no sería muy distinto a los anteriores; lo mejor, que al menos esta vez Javier se encargaría de que Papá Noel tomase buena nota para los años siguientes.

En un momento dado, Javier fue a pedirle a Roberto que trajera otro par de troncos, alarmado ante la velocidad a la que los maderos previos se estaban consumiendo, pero su madre se interpuso: «Ya está bien por hoy, cariño. No vamos a tardar mucho en irnos a la cama, y eso no se puede quedar encendido toda la noche». Roberto miró a su hermano con cara de pasmado y luego se rio. Le hacía gracia ver a Javier frustrado. Este, sin embargo, se volvió con determinación hacia la chimenea y se sentó de nuevo delante, las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en las manos. Se mantuvo así unos pocos minutos, esperando a que los familiares que aún quedaban se largaran. Solo el tío Paco y sus dos hijos, enfrascados con el futbolín, se resistían a marcharse, aunque no duró mucho: lo justo antes de que Miguelín, instigado por su padre a tirar de hombría, arreara un golpe seco que dio con la bola en uno de los cristales de la puerta del salón. ¡CLAC! «Pero ¿tú eres gilipollas, niño?», le reprochó el tío Paco. El cristal no llegó a romperse, aunque sí que quedó atravesado por una profunda raja. Después, disculpas y perdones. Definitivamente, hora de irse. En pocos minutos, los sofás quedaron al fin completamente despejados de abrigos, y la casa en general se sumió en un silencio placentero tan solo quebrado por la música de la televisión. Antes de que su madre se le acercara, aprovechando que seguía recogiendo copas vacías de las mesas, Javier se hizo con una última provisión de servilletas y las echó al fuego, avivándolo al instante, si bien por poco tiempo. Ya se disponía a coger unas pocas peladillas, que tenían pinta de arder muy bien, cuando la madre lo cogió del brazo y lo obligó a ponerse en pie. «¡Venga, a la cama, que si no te quedarás sin regalos!», le dijo, a lo que Javier resopló fastidiado, dejándose llevar a través del salón sin apartar la mirada del fuego, que no paraba de menguar. Aun así, pensó, quizás fuera suficiente con eso.

Cuando madre e hijo pasaron junto a la puerta del salón, esta volvió a detenerse para observar el cristal roto. «Desde luego, tu tío y tus primos son unos salvajes», murmuró. Javier se encogió de hombros: «La culpa es de Papá Noel. ¿Para qué tuvo que traerme el cacharro ese, si yo no se lo pedí? ¡Es un gordo inútil!». La madre se quedó perpleja al escuchar a su hijo. Mientras, Roberto se reía por detrás, decididamente menos escandalizado. «Si sigues diciendo esas tonterías, Papá Noel no vendrá y te quedarás sin regalos», amenazó la mujer. «Sí, sí que vendrá. ¡Y se va a enterar! Lo tengo todo preparado, ya verás», replicó Javier con firmeza, mirando de soslayo las brasas incandescentes que brillaban en la chimenea, allá al fondo del salón. «Sí, con eso debe bastar», pensó, más convencido que antes. Javier había leído que el algodón prendía la mar de bien, de manera que cuando al gordo le diera por bajar… su traje ridículo y las ascuas harían el resto. Así aprendería.

Pensando en estas cosas, Javier sonrió para sí y no dijo nada más. Dejó que su madre tirase de él hacia las habitaciones, confiando en escuchar los alaridos en algún momento durante la noche.

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