Y el asno vio al ángel

«Y el asno vio al ángel», de Nick Cave. Editorial Pre-Textos.

Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus me abrió las puertas. Fue allá por 2007. Madrid: vacío existencial, aburrimiento, soledad. Fue como redescubrir la música. A ese disco le siguieron muchos: Murder Ballads, Let Love In, No More Shall We Part... ¿Cómo no iba a atraerme? Nick Cave y sus esbirros pasaban con pasmosa facilidad de los terrenos más pantanosos del alma al no menos denso espacio que se le reserva a los sentimientos a flor de piel. Oscuridad, desesperación, sordidez y sentimentalismo en generosas dosis. Exceso: mi receta favorita. Las canciones de la banda no tardaron mucho en empezar a sonar a todas horas y en bucle en el salón de mi recién estrenado estudio de Conde de Serrallo, y también en los auriculares de mi MP3, cada día, mientras iba y venía del trabajo, línea 176 de autobús, línea 10 de metro, cuarenta y cinco minutos de ida, otros tantos de vuelta. Trámites necesarios que, gracias a Nick, tenían un poco menos de rutina y mucho más de emoción. Si en aquel momento hubiese tenido gente cercana con la que hablar, les habría arrasado los oídos ensalzando las glorias y virtudes de Nick Cave & The Bad Seeds: era como si necesitara sacar a mis allegados del error en que se hallaban por resistirse a escuchar a la banda australiana, o peor aún, por no conocerlos siquiera. Al final, y como en tantas otras cosas, fue Flow quien tuvo que prestarme su atención y su paciencia. Él sí conocía a Nick Cave, desde mucho antes que yo. En sus frecuentes visitas por trabajo, repetía que ya me había hablado de él con anterioridad, que había pretendido sacarme del error musical en que me hallaba por no querer escucharlo, etcétera, etcétera… Yo no lo recuerdo. Solo recuerdo la tarde de abril en que me encontré con Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus en uno de los estantes de la FNAC, rebajado a 5€. Los 5€ mejor invertidos de mi vida, al menos en lo que a música se refiere. De Nick a la eternidad.

Era por tanto cuestión de tiempo que me aproximara a la reducida producción literaria de Nick Cave. «Y el asno vio al ángel» era, de hecho, su única novela publicada por entonces. Así que, tras otra visita a la FNAC, ¡oh, sorpresa!, fui capaz de encontrarla a la primera (sí: hubo una época en la que uno podía ir a la FNAC y encontrar casi cualquier cosa que se propusiera). «Y el asno vio al ángel» fue escrito en los años ochenta, durante una de las etapas salvajes de Nick Cave en Berlín: sexo, drogas y rock and roll, pero sin ningún glamour. Crudeza, sordidez, un frágil equilibrio entre la cordura y la demencia, la lucidez y la pesadilla. Eso dice la leyenda, al menos. Sea como fuere, la novela está impregnada de todas esas cosas: gótico sureño en estado puro, personajes marginales que se deslizan por los resquicios de la locura en busca de una redención que jamás les será otorgada. Euchrid Eucrow, el pobre Euchrid, devorado por los perjuicios y por su propia naturaleza infame. Sorprende la calidad literaria de la novela, considerando que quien la escribió era un novato sin experiencia y con un continuado exceso de heroína en sangre. También su densidad bien entendida, el profundo calado psicológico de los personajes, la poesía oculta debajo de la áspera superficie. Cuenta la persistente leyenda que Nick Cave llegó a obsesionarse de veras en la redacción del libro, que no vivía para otra cosa que no fuera escribir. También eso se nota en el resultado, pese a los excesos de trasfondo. Muchos años después, el bueno de Nick publicaría otra novela, «La muerte de Bunny Munro», igualmente recomendable pero mucho más… profana, por llamarlo de algún modo. De las obsesiones de un treintañero arrebatado pasamos a la sorna escéptica de un cincuentón descreído. No es lo mismo, se mire por donde se mire.

Algo parecido ocurre con su música. No es lo mismo el Nick Cave de los 90 que el de los últimos años. Otras son las inquietudes, muy distintas las circunstancias (no hablaremos de la muerte de su hijo Arthur, tan injustamente aprovechada por la crítica especializada para subir un nuevo ídolo a los altares por causas ajenas a la música, en lugar de hacerlo por sus más de treinta años de impecable carrera). Aun así, Nick y sus esbirros, sean quienes sean y dependiendo del momento, han seguido acompañándome fielmente a lo largo de mi viaje personal. Con el descubrimiento de su música se abrió una etapa intensa de conocimiento musical y literario, soledad mediante; tiempo después, el sueño de asistir a uno de sus conciertos clausuró de forma oficial mi vida en el exilio madrileño. Hoy, sus últimos discos suponen regalos más que bienvenidos (Maite, siempre al quite, ha encontrado en la abundante y reciente producción del señor Cave un filón importante). Mis circunstancias, definitivamente, también son otras. La vida que fue se hundió hace tiempo en las aguas pantanosas que Euchrid frecuentaba, refugio de outsiders sin esperanza. Ya ni siquiera burbujea. Amén.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s