Un monstruo

Hoy no. Hoy no saldré. Tengo miedo del aire, tengo miedo de la luz del sol. Y de la gente. De la gente también. De sus miradas de reojo, reparando sin querer, casi por error, en mi rostro deforme; y de sus narices arrugándose de asco, y de sus niños, esos niños de mierda que llevan cogidos de la mano y me señalan con el dedo. ¡Mirad eso! ¿No es horrible? Los niños hablan siempre como lo hacen los personajes de dibujos animados: las mismas voces chillonas, la misma impostura, como si todo en ellos fuera copiado. Todavía no tienen personalidad propia, y con eso y con todo me dan miedo, porque tampoco tienen entendimiento y dicen y actúan y piensan como lo haría cualquiera de esas caricaturas grotescas que ven por televisión. Los niños son terribles, pero los padres son peores. Mucho peores. Aprendieron a disimular su repulsa, civilizados como pretenden ser, empáticos, comprensivos, tan humanos que por nada del mundo permitirían que el asco que les produzco los delatara. Disimulan, sí, aunque lo hacen solo en su justa medida, dejando que parte de ese asco, una parte mínima, pero detectable, salga a la luz, porque para ser verdaderamente humanos, para que el resto del mundo se percate de esa humanidad y pueda así alabarlos, es necesario que ese asco al que son capaces de sobreponerse sea percibido de alguna manera: narices arrugándose ligeramente, un gesto de sentida compasión… Lo que sea. El ser humano parece despertar más admiración por su capacidad para disimular sus propias miserias que por carecer de estas, siendo preferible apiadarse de un ser repugnante como yo a no pensar, como en efecto piensan, que soy un ser repugnante. ¿Qué le vamos a hacer? Ellos, al menos, tienen la opción de tapar sus vergüenzas; yo, en cambio, no. Mi miseria, mi ruina, está escrita en mi rostro. Salgo a la calle, el aire me resquebraja las cicatrices, el sol me deja en evidencia a ojos del mundo, los niños me señalan con el dedo, y los padres, esos padres hipócritas, utilizan mi desgracia en su propio beneficio. Y yo soy cada vez menos humano, porque ni puedo expresar mi náusea ni tampoco puedo compadecerme de nadie, ni siquiera de mí mismo.

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