El señor de los anillos

«El señor de los anillos», de J. R. R. Tolkien, ilustrado por Alan Lee. Editorial Minotauro.

Sí, todavía hoy lo recuerdo bien. Mi hermana conversaba con su novio de adolescencia sobre el libro que este le había dejado. Hablaban en concreto de unos jinetes negros que, al parecer, eran capaces de rastrear a unos seres llamados hobbits por el snif, snif… olfato. Recuerdo en especial ese gesto tan enfático de mi hermana, olisqueando el aire del pasillo de casa como si ella misma anduviera tras la pista de los hobbits de marras. Sin embargo, la razón por la que esos señores oscuros a caballo iban buscando a los otros tipos diminutos era algo que a mis once o doce años aún se me escapaba. El mamotreto de bolsillo que mi hermana cargaba de acá para allá tampoco es que me motivara mucho, y a esas alturas mi relación con el género épico-fantástico no es que atravesara por su mejor momento, debido, principalmente, a truños televisivamente sobreexplotados como «Willow» o «La historia interminable»: películas que por decreto ley habían de servir para estimular la imaginación y los sentidos de jóvenes muchachos ávidos de aventuras (¡ay, la voz errónea de la experiencia otra vez resonando en mi cabeza…!). Todo ello hizo que lo que finalmente les sucediera a los hobbits y a los jinetes negros que los perseguían, aparte del resto de la trama, por supuesto, me importase entre poco y nada.

Pasó el tiempo y llegó un punto en que, desintoxicado de prejuicios y de perniciosas influencias televisivas, en los albores de mi mayoría de edad, me creí lo suficientemente maduro y motivado como para acometer la lectura de «El señor de los anillos». Solo necesitaba una edición que me entrase por los ojos para decidirme del todo, y he aquí que esta apareció cierta tarde de navidades en el escaparate de la librería Áncora, en plaza Uncibay. Yo no le había dado a mi madre muchas ideas sobre qué podía regalarme ese año; por otro lado, ella siempre se había preocupado especialmente por mis hábitos lectores, de manera que el voluminoso ejemplar de la novela de Tolkien, tan maravillosamente ilustrado por Alan Lee, tan rico en detalles, tan imponente no solo por su continente, sino también por la leyenda enorme de su contenido, ahí, tan bien puesto como estaba en el escaparate de Áncora, fue la mejor de las soluciones posibles para sortear el engorroso compromiso de acordar un regalo a la medida de un adolescente indeciso y raro como yo (raro de cojones, sí…).

De esta «épica» forma se produjo mi acercamiento a «El señor de los anillos», lo cual tiene algo de mérito teniendo en cuenta que Peter Jackson no había rodado todavía la saga cinematográfica que en pocos años convertiría la novela (o, mejor dicho, la historia que se cuenta en la novela) en un símbolo de la cultura popular de principios de siglo, más allá de la devoción rigurosa y enfermiza de unos pocos treintañeros marginados asiduos al Warhammer. Pero vayamos al lío. Recuerdo perfectamente mi primera toma de contacto tras hacerme con el libro: aquellas noches de lectura en el escritorio de la habitación de mi hermana (el libro, que incluía las tres partes en que se dividía la novela más los correspondientes apéndices, pesaba un quintal, así que tras un par de incómodas intentonas en mi cama pensé que la mejor manera de leerlo era esa); aquellas veladas mágicas en las que lo mismo aprendía de primera mano y de una vez por todas los hábitos y usos de los hobbits que asistía al 111 cumpleaños de Bilbo Bolsón, o descubría con emoción y un poco de temor la leyenda del anillo único, con mil y una evocadoras imágenes formándose a velocidad de vértigo en mi mente (altas montañas cubiertas de sombras en cuyas entrañas sobrevivían viejos terrores, criaturas imposibles gritando a la luz de la luna en la inmensidad de los bosques, aromas y luces de antigüedad despertando del letargo del subconsciente…). A cada nueva página mi percepción de la Tierra Media, de sus mitos y su intrincada geografía (no sabría decir las veces que consulté los mapas del anexo) se acrecentaba, y con ello mis ganas de seguir leyendo. Pero eso fue sobre todo al principio, más o menos hasta el final de «La comunidad del anillo». Lo que vino después fue un poco más complicado.

Y es que «El señor de los anillos», sin películas que sirvan de apoyo, como sin duda habrán servido las de Peter Jackson a las nuevas generaciones, no resulta una lectura fácil. La minuciosidad de las descripciones, la generosidad del autor en los detalles, su mimo para erigir de la nada un mundo entero, y más que eso, un mundo con su correspondiente historia, mitología y hasta idiomas, se antoja en ocasiones un tanto tediosa, haciendo que la narración pierda ritmo. Sirva de ejemplo el interminable capítulo en donde se narra la subida al Caradhras. Terrible. Ello no le resta mérito al inmenso trabajo que Tolkien llevó a cabo, pero para un lector que no esté sobre aviso, incluso para aquellos que hayan disfrutado de las películas, me temo, todas esas cosas pueden suponer una verdadera losa. Algo así me sucedió a mí. A lo largo de la lectura de la novela pasé por toda clase de altibajos: del escritorio de mi hermana me trasladé nuevamente a mi cama, y de allí al sillón del salón, y de allí… pues vuelta a empezar, quedando el entusiasmo inicial más o menos mermado en función del punto de la trama en que me encontrase. Concluir la novela, apéndices incluidos, me llevó casi ocho meses, demasiado tiempo para un libro que, aunque sea difícil de creer, me encantó y dejó una huella indeleble en mi memoria. Porque uno de los mayores logros de Tolkien, aun a riesgo de parecer loco o emocionado de la vida por decirlo, es hacernos creer, o más bien percibir, que la Tierra Media existe de veras, en algún lugar, pugnando fieramente con los sueños. Tal es el grado de familiaridad que uno llega a adquirir con ese mundo mágico y, obviamente, imposible; de tal modo logra Tolkien, excesos descriptivos aparte, introducirnos en su universo. El imaginario de su vasta producción cala hasta los huesos de la misma manera que lo hacen los viejos cuentos de nuestra infancia, esos que leemos o escuchamos de niños y ya jamás nos abandonan. Ese es, desde mi punto de vista, su triunfo mayor, más allá del incuestionable mérito literario, de las implicaciones filosóficas y morales de la obra o de las innumerables fuentes de las que esta bebe, bien conocidas por todo el mundo.

Al cabo de pocos años llegó Peter Jackson con su afamada trilogía. Para entonces yo ya había leído también «El hobbit» y «El Silmarillion» (obra maravillosa esta última, a la que dedicaré otra entrada algún día), así que lo tenía todo bien fresco en mi memoria. Por supuesto, las películas no me defraudaron. ¿Cómo iban a hacerlo? La trama era muy fiel a la esencia del libro, y para colmo el diseñador de decorados no era otro que Alan Lee, el ilustrador del ejemplar que mi madre me había regalado. Todo era, por tanto, tal y como yo lo había imaginado, hasta tal punto que llegué a emocionarme de veras al verlo en la gran pantalla. Ahora, pasado el tiempo, ya estamos curados de espanto: las películas se han convertido en relleno habitual de la parrilla de canales de televisión como Cuatro (y si no ya estamos Ángel, Flow y un servidor para hacernos una maratón y ver en DVD las versiones extendidas de una tacada), en tanto que la eterna lucha entre el Bien y el Mal que se plantea en el libro, profundamente influenciada por el catolicismo de Tolkien, se nos antoja un tanto naif comparada con el enfoque dado por otras obras de literatura fantástica publicadas con posterioridad (en especial «Canción de hielo y fuego» y su sobrevalorada adaptación televisiva). El impacto inicial, lo mismo de la novela que de la saga cinematográfica, ya está por tanto superado, pero volver a ellas de cuando en cuando, ya sea para extraviarse en las cavernas negras de Moria, donde el silencio y el miedo son sobrecogedores, o para combatir el mal en los campos de Pelennor sabiendo que la victoria está en nuestra mano, por citar solo dos de los episodios que más me gustan, es como sacar un billete a regiones más benévolas de nuestra conciencia sentimental. Es ir de vacaciones a un lugar reconfortante y bien conocido, por mucho que, cada vez que lo hacemos, tengamos que tragar con héroes tan insufribles e insoportables como el señor Frodo… Menos mal que el resto del elenco, en especial Sam, están más a la altura.

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