Junto a la ventana

Duerme. Ahora duerme. Intuyo su cuerpo quieto sobre la cama, imagino su ceño fruncido en la oscuridad de la habitación. No me atrevo a acercarme, por miedo seguramente, o quizás por asco. Mejor me quedo aquí, junto a la ventana, viendo caer la madrugada sobre la ciudad.

Fuera el cielo es amarillo, lo arañan cúpulas y antenas, y un rumor incesante brota de las alcantarillas y de los adoquines. Es la ciudad, la ciudad que nunca duerme, la ciudad siempre alerta. Coches como hormigas subiendo y bajando por la avenida, peatones extraviados que buscan consuelo, siempre consuelo en la noche, en la madrugada eterna de la ciudad que nunca duerme.

Aquí, en cambio, el silencio se corta con un cuchillo. No se escucha su respiración, apenas oigo la mía. Hace un rato el vecino de arriba montó algo de ruido, carreras pasillo arriba y pasillo abajo. Lo oí hablando con alguien. Parecía nervioso, pero no duró mucho. Después volvió a callarse, se iría a la cama o al salón, en donde recuerdo que se le hacía de día viendo la teletienda. Llegué a pensar que la despertaría. Por un momento, pobre de mí, creí que la despertaría con el ruido.

Las luces de los edificios titilan como estrellas en una noche amarilla, colmenas repletas de abejas amargadas anhelando un sorbo de vida de verdad, pobres desgraciados que apagan la luz de su apartamento, cierran la puerta y salen a la madrugada, que no pueden vivir más con ellos mismos y necesitan mezclarse, y perderse, y olvidarse en la muchedumbre reptante de las aceras, un poquito de amor, tan solo un poco de cariño y todo cambiará, y seré mejor persona, y creeré en las segundas y en las terceras oportunidades.

Abajo, en la puerta del edificio, empiezan a agolparse algunos vecinos.

Algo así le dije, hace un rato. Sabía que la encontraría aquí, no hacía falta perderme por las calles buscándola. Un poco de amor, le dije, solo quiero eso. Frunció el ceño, quiso echarme. No había amor posible, no después de tantas cosas. Discutimos. Mucho.

Luego, el mundo siguió. Como si nada.

Dos coches de policía se detienen junto al corro de vecinos. Las sirenas callan, las luces siguen girando en círculos azules, los vecinos señalan hacia arriba. Uno de los agentes habla por radio, otro se dispone a entrar.

Un poco de amor, solo eso.

La ciudad vibra, la ciudad gira su rostro indiferente de cemento hacia la ventana entreabierta, ojo ciego en oquedad de ladrillo.

Pero tú no sabes amar, me dijo. Por eso discutisteis.

Ahora duerme sobre la cama. Intuyo su cuerpo quieto desde la ventana, imagino su ceño fruncido en la oscuridad de la habitGolpes en la puerta. Al otro lado de la casa.

Ahora duerme, sí.

Órdenes, voces de alarma.

No queda nada más que pueda hacer. Entran. Crujir de madera, ruido de zapatos. Rápido, rápido. No hay sitio para tanta escoria. Armas, cadenas, susurros. Ya están aquí.

¡Abra la puerta, sabemos que está ahí dentro!

Sus voces, sus normas.

Su castigo.

¡Abra!

Los agentes irrumpen en la habitación y encuentran en la cama el cuerpo inerte de la muchacha. No hay nadie más. La brisa fresca de la madrugada se cuela a ráfagas por la ventana abierta.

Abajo, en la calle, se oyen gritos. Un golpe seco, y después, silencio.

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