Obras inmortales de Edgar Allan Poe

«Obras inmortales», de Edgar Allan Poe. Narraciones, ensayos y poemas. Editorial EDAF.

En los extensos valles de mi prolongada estancia en Madrid, en esas épocas de calma desértica, abulia y claustrofobia vital, de solitarios fines de semana viendo caer las horas en mi contra, uno de los pequeños placeres que a pesar de todo continuaba reconfortándome era salir a pasear. Dependiendo de la hora del día en que me decidiera a hacerlo, sin embargo, la experiencia podía convertirse en todo un desafío para mis encrespados nervios. Así, más pronto que tarde descubrí que salir a pasear un sábado por la tarde por el centro me devolvía a casa más encabronado que en paz con el mundo. Demasiada gente por todas partes. Demasiado condicionados mis movimientos a la involuntaria e inútil huida de la muchedumbre. Al cabo de un tiempo empezaron a cobrar fuerza los paseos matutinos en domingo. Como un jubilado, sí. Las calles no estaban a esas horas tan saturadas de humanidad: unos pocos abueletes arrastrando los pies acá y allá, algunos contemporáneos físicos que todavía prolongaban la juerga de la noche anterior, dueños somnolientos de perros paseando a sus mascotas y tipos extraños como podía serlo yo, descolocados en el sinsentido de una ciudad desgobernada de toda lógica. A esas horas, además, el aire tenía una cualidad extraña que le confería cierta pureza cristalina; el sol brillaba con mayor calidez, las hojas de los árboles eran más verdes, el agua que saltaba de las fuentes se alborotaba en mil destellos. Así que durante una época me aficioné mucho a estas incursiones tempranas por el exhausto y todavía adormecido centro de la ciudad. Eran, especialmente ahora, en el recuerdo, un soplo de aire fresco en mitad de ese desierto árido del fin de semana.

Una de esas mañanas me topé de casualidad con la feria del libro antiguo y de ocasión que se organizaba en el paseo de Recoletos, junto a la plaza de Cibeles (no sé si seguirá haciéndose allí hoy en día). He de reconocer que, de normal, es este un tipo de evento que me atrae y me repele a partes iguales. Porque, aunque podría tirarme la mañana entera buscando libros por los distintos puestos, ojeando concienzudamente entre saldos y rarezas, la habitual afluencia de público convierte esta actividad en algo enervante: ni puedes recrearte a gusto ni tampoco tienes la oportunidad de acceder físicamente a algunos ejemplares, a no ser que aguardes diez minutos a que la cosa se despeje un poco, y a veces ni eso. Otra vez la gente, que no sabemos hacer otra cosa que dar la lata… Por fortuna, aquel domingo por la mañana el volumen de curiosos revoloteando en torno a los puestos de libros era mucho menor debido a la hora, de manera que, entonces sí, pude explayarme a gusto en mi búsqueda incombustible de… ¿de qué? Pues de nada en concreto, como sucedía cuando me dejaba caer por La Casa del Libro o por la FNAC (que sí, que sí, que de verdad que hubo un tiempo en que en la FNAC podías encontrar casi cualquier cosa); de nada en concreto y de todo un poco, acentuándose en una feria como la que comento las ganas de dar con algo verdaderamente valioso, un objeto que bien pudiera haber sido codiciado por nuestra alma aun sin saberlo. Quiso la casualidad que en esa ocasión, tras varias distraídas vueltas de un puesto a otro, Edgar Allan Poe volviera a cruzarse en mi vida.

Hacía mucho que había leído los cuentos de Poe: Alianza Editorial, traducción de Julio Cortázar. Ya lo he comentado alguna vez. Aquellos cuentos escabrosos, tenebrosos, truculentos y, al mismo tiempo, elegantes y refinados. De la mano de maravillas como «Ligeia», «La caída de la casa Usher», «Sombra», «El escarabajo de oro», «La verdad sobre el caso del señor Valdemar», «El corazón delator», «La máscara de la muerte roja» y otros tantos descubrí las grandes posibilidades que encerraba el género del relato corto; algo que, de todas maneras, ya había tenido ocasión de comprobar con las «Leyendas» de Bécquer, si bien en este caso la experiencia, por mediar unos pocos años de diferencia (no muchos, pero sí suficientes para cambiar la perspectiva), había resultado gratificante por motivos bien distintos, también de sobra explicados. Digamos, para resumir, que cada una de estas lecturas despertó a su modo diferentes partes de mi conciencia: con Bécquer afloró el romanticismo en su sentido más literario, amén de un mundo apenas intuido que, sin embargo, sabía que me aguardaba allá, fuera del reducido ámbito de mi de por sí reducida existencia; Poe, por su parte, despertó el lado más siniestro y atormentado, y me enseñó que incluso en el horror podía hallarse cierta belleza. El caso es que aquellos dos tomos de cuentos de mi amigo Edgardo, cada vez más ajados por el paso del tiempo y por el uso, tras haber formado parte imprescindible de mi formación lectora, sesteaban a esas alturas en las estanterías de mi habitación en Málaga, separados irremediablemente de mí por el tiempo y la distancia. Fue por eso que toparme con estas «Obras inmortales» en aquel puesto de la feria, aparte de una maravillosa sorpresa, supuso en cierta medida un encuentro necesario, algo que tarde o temprano debía suceder para volver a conectar conmigo mismo, con esa parte de uno que la rutina y el conformismo acaban arrinconando a su suerte, por el simple hecho de considerar erróneamente que no nos hace falta para seguir sobreviviendo.

Estas «Obras inmortales» de Edgar Allan Poe comprenden no solo la totalidad de relatos escritos por el genio de Boston. También incluye las «Aventuras de Arthur Gordon Pym», una breve selección de ensayos sobre diversos temas (el principio poético, la filosofía de la composición, Nathaniel Hawthorne, Charles Dickens…) y una más amplia de poemas, todo ello encuadernado en piel en una preciosa edición de bolsillo que, dada la envergadura del contenido, y salvo algunas limitaciones físicas y de lógico desgaste (estamos hablando de un libro de segunda o tercera mano, editado en la segunda mitad de los años sesenta), facilita mucho y contra todo pronóstico su lectura. Complementan los textos algunas ilustraciones, y el libro se acompaña de una caja de plástico para ser debidamente preservado. Es normal, por tanto, que el objeto en sí mismo, descartando cualquier otra consideración, llamara mi atención de forma tan poderosa como lo hizo; pero es que si encima estamos hablando de Poe y tenemos en cuenta todo lo comentado con anterioridad, se entenderá que no me lo pensara mucho y abonara encantado y con urgencia el importe del ejemplar, no fuera a ser que por pensármelo demasiado se me adelantara alguien y me quedase con dos palmos de narices.

Honestamente, no sé si la edición en sí misma vale el precio que pagué por ella (unos treinta euros si no recuerdo mal). En esta ocasión, la traducción no es la bien famosa y socorrida que realizó Julio Cortázar, sino que corre a cargo de Ricardo Summers, Aníbal Froufe y Francisco Álvarez, de quienes he podido verificar que existen muchas ediciones de la obra de Poe traducidas al castellano. Sea como sea, en el transcurso de las frecuentes ojeadas que le he echado a esta en concreto, he tenido oportunidad de encontrarme con varias erratas, pero eso no es en absoluto achacable a la traducción, así que puedo aventurarme a decir que la calidad de esta última es notable. En cualquier caso, y como ya he indicado, la relevancia que este raro ejemplar cobra en mi biblioteca es puramente sentimental. Mi larga estancia en Madrid, tan complicada según qué época, tan carente de sólidas bases sobre las que sostenerse, requería de un lugar al que volver de cuando en cuando para no sentirme tan desamparado, algo a lo que pudiera, libre y sinceramente, llamar hogar. Los cuentos de Poe llevaban acompañándome toda la vida: me habían estremecido tanto como me empujaron a soñar, me forjaron como lector y alentaron, en no pocas ocasiones, mis aspiraciones como escritor, especialmente cuando una novela se me antojaba como algo demasiado complejo e inalcanzable y tenía que «conformarme», como si fuera tan fácil, con la creación de relatos más cortos y asequibles para mi limitada capacidad. No pudo presentárseme, por tanto, mejor candidato que Edgardo y mejor continente que esta joyita de libro para tomarme de la mano y llevarme de regreso a ese punto ilocalizable, de coordenadas inciertas, al cual pertenezco. Ese, entre otros, es el poder que algunos libros ejercen sobre nosotros.

Uno de mis cuentos favoritos de Poe es «El hombre de la multitud». En ocasiones, mientras viví en Madrid, me sentí como ese tipo anónimo perseguido por el protagonista del relato, un tipo decrépito que deambulaba sin rumbo aparente confundido entre la multitud, acaso tratando de escapar de sus propios crímenes y miserias. Así debía de parecerles yo a muchos otros hombres de la multitud con los que me cruzaba fugazmente en el transcurso de mis paseos. Vivimos atrapados en el hecho demostrado de ser vulgares y comunes, vivimos todos un tanto extraviados, sembrando nuestras vidas de pasos al azar. Aquel día, tras marcharme de la feria con mi libro de Poe bajo el brazo, seguí paseando avenida abajo, hasta Atocha. La luz de la mañana era más pura y cristalina de lo habitual, infalible como cada domingo, y sentía dentro de mí cierta paz interior, cierta calma repentina. Seguía siendo, pese a todo, un hombre de la multitud, más o menos observado por la ciudad hostil. Sin embargo, aunque mis pasos eran los mismos pasos erráticos que de costumbre, mi mente vagaba en ese instante por derroteros más queridos y felices, de tiempos en los que el peso de los sueños todavía sabía hacer frente al peso abrumador de la realidad.

No espero que nadie lo entienda, ni pretendo aconsejar la lectura de Poe a nadie. Los hechos, los propios, los ajenos, hablan por sí solos.

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