Leyendas

«Leyendas», de Gustavo Adolfo Bécquer, Espasa Calpe.

«Ten en cuenta que las leyendas son muy triiiiistes, muy triiiiistes». Así trató mi hermana filóloga en proyecto de convencerme, o tal vez de disuadirme, de leer las leyendas de Bécquer. Yo tenía pocos años y muy poco conocimiento, además de muchas ganas de truculencias y de, efectivamente, cosas muy triiistes, muy triiiistes. Aún no conocía a Poe, claro, pero Gustavo Adolfo bien podía valerme. Niño raro de cojones. El Pirata Garrapata no bastaba. Compré la edición mencionada más arriba y forré el libro, tal y como mi hermana filóloga en proyecto solía hacer con sus ejemplares de Cátedra y de Penguin. Después, lectura febril a la luz de la lámpara de noche. Planazo.

Las leyendas sirvieron, además de para descubrirme el género del relato, y más concretamente el del relato fantástico o de terror, para establecer en mi cabeza de preadolescente ciertas conexiones imposibles que, contra todo pronóstico, siguen de algún modo perdurando a día de hoy. Conexiones con un mundo que ya jamás podía existir, con un pasado que se revelaba como tradición y que daba testimonio de enclaves, ambientes y experiencias que yo solo podía intuir torpemente a través de las ventanas abiertas de clase, cuando el mundo desplegado del otro lado, en remotas mesetas y tortuosas estribaciones de sierra, lejos, muy lejos bajo el sol del viernes, era sin duda mucho más atractivo que cualquier presente garabateado en la pizarra. Poco tiempo después me pasaría lo mismo con el Quijote. El pasado, la historia, historia en letras, historia imaginada, pero historia, olían a papel y a tinta. Era un niño raro. Raro de cojones.

Tampoco es que las leyendas fueran tan tristes como mi hermana decía. Ojos verdes, maese Pérez, rayo de luna, venta de los gatos, tres fechas, cruz del diablo, miserere. No eran la alegría de la huerta, es cierto, pero hicieron que mis ojos de niño raro se abrieran casi por primera vez de sorpresa. «¡Hala, pero qué bueno!», dije cierta noche mientras mi hermano proyecto de ingeniero me observaba con extrañeza desde su cama.

No tenía remedio. No lo tengo.

Un comentario en “Leyendas

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