Elvis Karlsson

«Elvis Karlsson», de Maria Gripe, editorial Alfaguara.

El Pirata Garrapata no bastaba. Niño raro de cojones, es cierto, pero niño después de todo. O quizás no. «Tú ya no eres un niño, eres un chaval. Y como chaval que eres, de lo único que tienes que preocuparte es de vivir aventuras». Eso me decía cierta voz equívoca de experiencia. Elvis, por su parte, no vivía grandes aventuras. Tal vez porque él sí seguía siendo niño en las páginas amarillas del libro, en las ilustraciones que tanto me llamaban la atención, y solo tenía que preocuparse de pequeñas empresas: de aprender a leer asociando las letras de su nombre a las de los rótulos de los comercios, o como mucho de seguir la pista de tesoros ocultos tras la cerradura en la que había de encajar cierta llave extraviada… Elvis podía seguir siendo eternamente niño para alimentar tímida y prudentemente, al estilo europeo, la imaginación de varias generaciones de niños, raros de cojones o niños sin más. A mí, como a todos tarde o temprano, terminó llegándome el turno de ser chaval, de vivir aventuras frustradas por el peso de una realidad en la que, por desgracia, no había lugar para fantasías. Fantasías de niños tardíos, fantasías de chavales tempranos. Lo que fuera. Fantasías fuera de las leyes de los adultos. El suertudo de Elvis, sin embargo, sigue viviendo las suyas en el estante de la habitación en la que yo dormía de pequeño, de espaldas a la realidad que se oculta detrás de cada misterio.

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