El espejo en el espejo

«El espejo en el espejo», de Michael Ende, editorial Alfaguara.

«El espejo en el espejo» no es de los libros más famosos de su autor. Antes están, omnipresentes, «La historia interminable» o «Momo». Hablar de Michael Ende va unido inevitablemente a esos dos libros, como hablar de «El espejo en el espejo» va siempre ligado a palabras como «laberinto», «infinito» o «surrealismo» (ver Google), y también a comparaciones más o menos atinadas (Borges, Kafka…). Lo cierto es que este conjunto de relatos a medio camino entre lo onírico y lo alegórico no dejan indiferente a nadie; algunos lo encontrarán laberíntica e infinitamente aburrido, mientras que otros, a pesar de no alcanzar a comprender el sentido último de las narraciones (no nos engañemos: es complicado meterse en la mente de este tipo), quizás sepan disfrutar de la esencia extraña que estas desprenden, de ese juego constante de espejos, recurrencias, faltas de propósito, propósitos ocultos, eternos retornos y existencias supeditadas a voluntades superiores que rigen, condicionan o simplemente niegan cualquier intención que pueda (des)gobernarnos. Un lío, sí. Un puto lío de lo más hipnótico. Basta con echar un ojo a las maravillosas ilustraciones de Edgar Ende, padre del escritor, para entender de lo que hablo.

Yo quise alguna vez hacer relatos así: carentes de sentido aparente, pero ricos en simbolismo inasible. Perpetré algo, algo sobre un caballo esquelético que galopaba por una llanura yerma mientras era observado desde una atalaya por un rey sin reino, un rey con corona de papel. Obviamente no tenía ningún sentido; tampoco simbolismo. Era, sencillamente, una tomadura de pelo. Del mismo modo, algunos de los relatos de Ende podrían ser considerados como meras patrañas. Hay tanto vendedor de humo suelto en lo que se refiere a las artes que es fácil que algo así suceda, que confundamos lo bueno con lo peor. Yo me retiré a tiempo del ejercicio absurdo del simbolismo vacío. Tampoco habría podido competir nunca en esas ligas. Por suerte, tenía muy pocos años y mucho que buscar hasta encontrarme.

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