El hombre en blanco y negro

Siempre fue un hombre en blanco y negro. De los de boleros de tardes lluviosas y citas en la penumbra humeante de bares sin nombre. Romántico, anticuado, atento, caballeroso: la clase de hombre con el que todas sueñan y que ninguna quiere. Aun así lo intentó. Lo intentó siempre. Hubo citas amorosas en parques de otoño, alegrías efímeras, trasuntos de vida, dramas en ciernes presagiados por música de orquesta. Ojos que bajan al suelo, desaliento. Sobre su rostro, impreso, The End en letras blancas, letras blancas sobre fondo negro. Al final, nada más que soledad. Después, la misma trama repetida en bucle: mujeres que van y vienen delante de su rostro pétreo, su rostro cincelado de héroe trágico. Ninguna lo merece, ninguna que él merezca. Trama indigna de cualquier película, letra sin música. Así pasa el tiempo. El blanco se funde poco a poco con el negro, nuestro héroe envejece, y con los años se transforma en un hombre gris. Anodino, metódico, rutinario, organizado. Y con dinero. A falta de amor, buenos son los negocios. Cierto día conoce a una mulata culona treinta años más joven que él. Salen juntos por ahí, bailan rico papi, sus cuerpos sudados se inflaman de Caribe. Una noche de sábanas mojadas la muchacha le dice que lo quiere. Él, pobre diablo de color gris, prefiere creerlo. Amor degradado, amor de vanguardia. Pero amor. Después de todo, el siglo XX se acabó hace tiempo, y el reggaetón, guste o no, ha terminado imponiéndose al bolero.

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