3 postales de Navidad

Córdoba, 2018

En mitad de la Corredera, entre mesas y sillas metálicas, un chico y una chica cantaban villancicos al son de una pandereta. Vestían ropas desgastadas y sucias, cabellos crespos y apelmazados, rostros morenos detenidos en un gesto estupefacto que bien podría haber supuesto su única respuesta al sinsentido de la vida: ellos cantando la Marimorena, por necesidad, por obligación para con la necesidad de otros, por costumbre, ellos cantando y el público que poblaba las mesas de metal jugando al bien sabido juego de la ignorancia premeditada, evitando mirar directamente a aquellos dos invitados inesperados, volcados en sus conversaciones, en sus cervezas, en sus platos de migas, cualquier cosa antes de que sus miradas se cruzaran irremediablemente con la figura incómoda de los mendicantes. La plaza relucía bajo el sol gustoso del mediodía, no hacía frío para ser diciembre; el olor a comida abordaba a los paseantes que llegaban y buscaban sin éxito alguna mesa libre en la que acoplarse. La vida seguía sus cauces previstos. Incluso esos dos muchachos formaban parte irrenunciable de la trama. Sus voces roncas desollando canciones de Navidad, la Marimorena, los peces en el río, su descaro a la hora de meter las narices en la vida de la gente respetable. Estaba bien que estuvieran ahí, que completaran la imagen de postal navideña con su presencia, al menos por un rato. Alguien habría entre el público, alguien entre la indiferencia general que incluso les daría un par de monedas cuando acabaran de cantar y comenzaran a pasear con la mano tendida entre las mesas. Les darían ese par de monedas, sonriendo con más o menos afectuosidad, quizás celebrando así que el chico y la chica hubieran puesto fin al concierto, quizás conminándolos de tan elocuente modo, en lugar de girar sin más la cabeza, a desaparecer y dejar de incomodar («Ya tienen lo que querían, ¿no? ¡Pues desfilando!»), o quizás porque creerían que la limosna formaba parte de su deber moral, especialmente en fechas tan señaladas. Ricos y pobres, gente con más fortuna y gente con menos. A fin de cuentas, si no fuera por estos últimos las personas de bien no tendrían de qué congraciarse.

El chico y la chica no llegaron a acercarse a la mesa en la que Maite y yo tomábamos una cerveza. Y eso que no les quité el ojo de encima. Incluso luego, una vez se fueron, seguí fantaseando inexplicablemente con sus vidas, con largas jornadas al sol pálido del invierno, recorriendo plazas y calles por unas pocas monedas; también con ruidosas celebraciones de Navidad al calor de una hoguera, una hoguera inmensa cuya luz quebrara la oscuridad de los campos. Dobles morales, injusticia social, folklore. Todo mezclado sin mesura. Al final, sin embargo, olvidé escribir ese relato. Había demasiada autoindulgencia, demasiado desconocimiento, aunque también, he de admitirlo, cierta belleza inasible.

***   

Madrid, 2012

No había en todo Madrid un bar más impensado para celebrar una comida de Navidad que el Torito, no muy lejos de avenida de Brasil. Sus bocatas de pan calentito, acompañados por un buen tercio de Mahou, eran la solución ideal para llenar el estómago después de una comida (la de verdad, la promovida por la empresa y pagada por los empleados) a la que adjetivos tales como «opípara», «satisfactoria» o sencillamente «buena» le venían grandes. Es por eso que el bocata calentito y el tercio de Mahou constituían el mejor remedio contra futuros problemas derivados del mucho beber y el poco comer. E incluso así, a veces, había poco que hacer: la idea de que allá fuera, en alguna esquina, más de una pota navideña comenzara a solidificar en esos instantes a merced del frío de la tarde (idea repugnante, por cierto) me mantuvo entretenido mientras saboreaba mi bocata. Entretanto, dentro del bar, a pocos metros de mí, se mascaba la tragedia. Las copas corrían de mano en mano, risas, brindis, abrazos, y la fraternidad propia de tales fechas propiciaba encuentros y diálogos impensables en otros momentos del año, o de la vida incluso. Ya se sabe: un grupo de chavales que se arrima a otro aprovechando la tesitura, muchachas de buen ver cuyas parejas, a ojos de esos chavales, no tienen por qué ser un impedimento para entablar conversación y/o lo que se tercie… ¡Eso sí, todo de buen rollo, faltaría más! Después, cubatas mediante, la retahíla habitual de lugares comunes, frases ladeadas y babas por doquier. El rollo de siempre, solo que un tanto más molesto y bastante más imprevisto que de costumbre. Así fue al menos para nosotros en esa ocasión, tan ensimismados que no supimos ver venir a aquel grupo de gilipollas que se nos acoplaron de buenas a primeras. Por suerte, asentado como tenía yo el estómago gracias al bocata calentito y al tercio de Mahou, todavía conservador a causa del recuerdo de potas pretéritas, mi estado de sobriedad transitoria me permitió mantener la frescura mental necesaria para, después de un alarde de sobrehumana resistencia, mandar a tomar por culo y sin contemplaciones a uno de esos tipos, un pesado de narices que no había dejado de comerme la oreja mientras yo hacía otro tanto con mi bocata: «Hazme un favor y déjame en paz, colega», fue lo que me vi obligado a decirle en un momento dado, qué remedio. Luego, como en las películas, le di un sorbo indiferente a mi copa de ron sin apenas mirar a mi oponente, gustándome de más. De haber estado borracho, seguramente habría actuado de igual modo, pero cosechando sin duda resultados mucho menos dignos. La cuestión es que fue ahí donde se jodió todo. No en el hecho de no ir lo suficientemente borracho, sino en el inesperado efecto que mis palabras causaron en mi interlocutor. Y es que, efectivamente, me dejó en paz. Pero claro, solo a mí. Enseguida el tipo y sus esbirros, que mientras tanto habían estado zanganeando tímidamente en torno a Lola, Julia y alguna otra compañera de oficina, optaron por poner toda la carne en el asador con el resto de mi comitiva. A partir de ahí no sé muy bien lo que pasó ni cómo fue que pasó, qué se dijo o se dejó de decir. Yo me había salido fuera para fumarme un cigarro y, ya de paso, buscar el lugar en donde el año anterior había echado la pota, aunque al final no encontré ni rastro y en su lugar me quedé reflexionando sobre la manifiesta fealdad de las lucecitas de Navidad que adornaban las calles. Al cabo de diez minutos volví dentro y me encontré con el desaguisado: Juli, el novio de Lola, saltaba como un resorte al grito de «¡Te voy a matar, hijo de puta!», el cuello hinchado de venas, las mesas tambaleándose, Lola abrazándolo precipitadamente para evitar que cometiera una locura, y a su alrededor mucho movimiento de brazos, de personas, de voces e improperios, Abel, Cristian, Sayans, otros compañeros que no recuerdo, todos enzarzados con aquellos porculeros redomados. Como no podía ser de otro modo, el tipo al que la amenaza iba dirigida era el mismo que, poco antes, había estado dándome la lata a mí. Ciertamente, y en vista de la que se montó en un segundo, no sé cómo no llegaron a las manos. A mí me entró la risa, tras lo cual volví a ensayar mi pose de tipo duro y colaboré como buena o malamente pude en remediar la situación, pidiendo a aquellos impresentables que se llevaran a su puto amigo de allí (más o menos). Aun así hubo varios minutos de desconcierto, pero al final, efectivamente, los tipos comprendieron que lo mejor era pirarse. Juli al fin se tranquilizó; Abel siguió escandalizándose durante un rato más; Lola, en cambio, votó por pedir otra copa y olvidar el asunto, y todos sin excepción aplaudimos la moción.

Quizás, de no ser Navidad, la historia habría sido otra. O quizás no. El caso es tratar de buscar alguna moraleja a hechos que tal vez no la tengan. La Navidad y los recuerdos son un poco así.        

     ***

Málaga, 1987

Es verdad. Teníamos chimenea a pesar de vivir en un piso y a pesar de vivir en Málaga, la ciudad en la que, según los que no han vivido allí, nunca hace frío. La chimenea solo la encendíamos durante la Navidad, un poco por tradición y un poco porque era la única época del año en la que hacíamos vida en el salón. Para todo lo demás, nos bastaba con la salita. También es verdad lo que se cuenta en otros cuentos considerados en cierto modo como autobiográficos: durante la celebración de Nochebuena hacía todo lo posible por mantener vivo el fuego arrojando a las llamas toda clase de papeles y desperdicios, a veces solo y otras en compañía de mi primo Alfonso. Alrededor los adultos rugían en conversaciones incomprensibles, nombraban a personas desconocidas, hechos improbables y lejanos, o hacían el amago de bailar al compás de las canciones desfasadas que sonaban por televisión. El aroma a leña se confundía por momentos con el olor del alcohol, mientras de fondo, por encima del barullo de la fiesta, se escuchaba el soniquete de la bola del futbolín, atizada sin piedad por mi tío Paco y mis primos, con o sin molinillo. Todo eso también es verdad. Sin embargo, el objetivo de quemar papeles en el fuego de la chimenea no era en modo alguno jugarle una mala pasada al bueno de Papá Noel cuando este tuviera a bien descender por el estrecho conducto para dejar sus regalos. Por triste que parezca, no tenía tanta inventiva, ni tampoco tanta maldad. Si quemaba papeles, aparte de por experimentar quizás por primera vez esa fascinación hipnótica del ser humano por el fuego (no confundir con actos de piromanía), era simplemente por matar el tiempo, aburrido de los adultos, de sus borracheras y su interminable verborrea. No quería espantar ni hacer daño a Papá Noel; lo que quería era, precisamente, que los demás no lo espantaran, pues sabía de sobra que no vendría hasta que toda esa gente no se largara a sus casas. El problema era que whisky quedaba a raudales, las conversaciones y los bailes no decaían y mi tío Paco se disponía a comenzar la enésima partida de futbolín. ¿Y si les daban las siete de la mañana allí? ¿Qué haría Papá Noel? ¿Esperar en el tejado a que la gente se largara? Yo no lo creía. Más bien daría ese hogar por imposible y pasaría de largo, quedándome yo sin regalos. Una tragedia a todas luces… Llegó un punto en el que me desesperé de veras ante la pachorra de nuestros invitados, así que decidí compartir mi preocupación con mi padre, que todavía vivía con nosotros por aquel entonces. «No te preocupes —me dijo sin parar de reír, sentado en el sillón junto a la biblioteca—. Ya le he avisado de que se nos va a hacer un poquito tarde». ¿Y cómo?, quise saber. «Lo he llamado por teléfono», respondió. ¿Y cuál era ese teléfono? «Muy fácil: 22-22-22».

Por absurdo que parezca, lo creí y me quedé más tranquilo. Después de todo, al día siguiente mis juguetes estaban esperándome desparramados sobre el sofá en el que unas pocas horas antes la familia bebía, fumaba y reía. Era así de inocente, supongo que como todos los niños a esa edad. Todavía no había llegado el momento de descubrir la verdad, cuando un par de años después, a falta de que mi padre se encargara de telefonear al señor Noel (tampoco hubiera hecho falta que lo hiciera, pues no había nada que celebrar, ni con quién), escuché sin querer a mi hermana preguntándole a mi madre cómo tenía que colocar los regalos que me correspondían: el Risk, el Incógnito, el Risk, el Incógnito, el Risk, el Incógnito… Después de aquello la Navidad empezó a ser diferente. Ni mejor ni peor, solo diferente. Como en tantos otros aspectos de la vida, poco a poco la inocencia desaparece, y lo que queda es la mala uva, el escepticismo y la capacidad para hacer cosas como, por ejemplo, improvisar un relato más o menos autobiográfico en el que un chaval llamado Javier quema papeles delante de la chimenea. No por nerviosismo, no por miedo, sino para intentar que Papá Noel, gordo inútil donde los haya, salga ardiendo.                      

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