Fábula (sueño rebelado)

Tengo. En una mano la soledad, en la otra la rabia. Camino. Llevo mucho tiempo caminando. Entre sombras, espantando vanidades, sonrisas, ambiciones, voluntades. Denso conglomerado cirniéndose sobre los cuerpos, ahogando, robándole espacio al aire. En la ciudad de las altas torres no queda otra sino morir de asfixia. Asfixia física, asfixia del alma. Somos demasiados. Demasiadas criaturas, lastimosas criaturas de ojos ciegos que no pueden ver ni decidir sobre su propio destino, libando nuestra pena, así nos define aquel que nos sueña, nuestra pena en barras húmedas y desatendidas, eso dice, haciendo como quien vive, pero sin vivir. Lejos de la luz que Él mismo añora.

Somos bastardos, hijos aleatorios de su antojo.

Una vez lo hallé en el sueño. Sentado en una escalera, al helor de una pesadilla en ciernes, con la cabeza entre las piernas. Madrugada, oscuridad, ruina. Parecía desamparado, falto de esa humanidad de la que carecemos sus criaturas. Me acerqué a Él, no tenía aún la rabia en mi mano izquierda, solo la soledad de la mano diestra, me acerqué y se la tendí: mírame, le dije, ¿no sabes quién soy yo? Creo que solo podía verme las botas, las botas altas a ras de suelo. Balbuceó, agitó la cabeza entre las piernas, negó, acaso me negó el privilegio de mostrarme ante Él, me repudió, sí, sumergiéndose en otros sueños dentro del sueño, abominando de mí y de sus criaturas. Mi mano diestra se cerró entonces, aferrando el aire, y en mi mano izquierda empezó a acumularse la rabia, la rabia ardiéndome entre los dedos.

Aquella noche terminó de erigir su creación infame. Me definió, me abocó, me sentenció, al servilismo cruel de la ira, negado de mí mismo. Me abandonó.

Ahora camino, paso firme a través de túneles sin fondo por los que transitan, tan lejos y tan cerca, otras criaturas hijas de ciudad, lastimosas criaturas hechas a imagen y semejanza de aquel que me dio la espalda después de soñarme. La rabia sigue creciendo en mi puño izquierdo, en tanto la soledad devora mis huesos y mis tendones y mis músculos, ascendiendo implacable desde mi mano diestra. Una me devora, la otra pugna por estallar. Estallar en los rostros desvalidos, en los gestos estupefactos de sus criaturas extraviadas, venganza, sed de mal, rebelión, así hasta destrozar el fruto del sueño, el mundo entero, una explosión de sangre y vísceras, penosas criaturas reducidas a partículas de nada, antes de que la soledad termine su labor y me consuma, antes de que Él despierte y acabe con todo a voluntad.

Esta noche camino por este túnel desierto abovedado de estrellas. Esta noche la mano tiembla de rabia, incontenible. Es hora de cazar. En el otro extremo del túnel veo a una de sus criaturas, enfundada en su mono de trabajo, esperando a que llegue el tren. Sus ojos son diminutos como botones, y su expresión me resulta estúpida. Alrededor no hay nadie. Levanto la cabeza al cielo negro, me imbuyo de justicia, y, sabiéndome Elegido, sabiendo que acaso el tiempo ha llegado, me acerco a ese gusano asqueroso, hundo mi puño de rabia en su rostro idiotizado y siento crujir sus huesos y su piel cuarteada bajo mis nudillos: huesos, tendones, músculos ceden su espacio a la rabia, se desmembran en un amasijo de sangre mientras hundo y vuelvo a hundir mi puño de rabia, una, dos, tres veces, con violencia, con despecho, con alegría, deformando aquel rostro hecho a imagen y semejanza, así hasta que el tipo se desmorona a mis pies sobre el suelo húmedo, se contorsiona en un estertor ronco y finalmente, vencido, sabandija, se detiene.

Después, el silencio plácido de la madrugada, quebrado solo por mi respiración. Miro entonces mi puño ensangrentado: la rabia resbala entre los dedos, todavía sin saciar. Salgo corriendo, me pierdo en los túneles de la ciudad de las altas torres.

Esto ha sido solo el principio. Dondequiera que me esté soñando, seguiré arrasando el fruto de su sueño. No debió ignorarme aquella noche. Ahora soy el peor de sus personajes.

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