Clara y la náusea

El respirador artificial que mantiene vivo a su padre marca las constantes del tiempo que pasa. Un segundo más de vida, acaso uno menos, el vaso de agua medio lleno o medio vacío, dependiendo del día y del ánimo. El ánimo de Clara Olmos. No el de su padre. Su padre hace años, cuatro años ya, que ni siente ni padece, ni se anima ni se deja vencer por el desaliento. Tan solo mengua. Su cuerpo mengua, su espíritu, Dios lo acoja en su gloria, mengua allá dentro, dentro del cuerpo arrugado y consumido, el silbido constante del respirador se espacia, constantes de tiempo cada vez más dilatadas, como el reptar impreciso y agónico de un animal, como la coda de una canción interminable que se recrea en sus arreglos finales, moviéndose del estruendo del clímax a la calma autocomplaciente de un punto y final mal establecido. Así se termina la vida de un hombre, piensa Clara, sentada junto a la cama, una tarde más, una noche por venir, las cervicales destrozadas, retorcidas sobre el incómodo sillón, el silbido regular del respirador, los ruidos como heraldos de tragedias irreversibles por el pasillo del hospital. Así termina, sí: como una broma pesada que dura demasiado tiempo, pero que no puede evitarse en modo alguno. «Dios tiene que ser un tipo muy bromista», se dice entonces, para acto seguido sentir en la mejilla la bofetada moral que seguramente le habría propinado su padre de haberla escuchado. Con Dios ni una broma, valga la redundancia. Despreciarlo es despreciar la educación recibida, es cuestionar los cimientos de la propia existencia. Dios no bromea, no. Dios dispone conforme a Su plan. Eso solía decirle su padre cuando tenía que enfrentarse a alguna dificultad inesperada: que Dios disponía, que Su plan, aun siendo inescrutable, estaba definido de antemano, y nos encaminaba siempre, sin vacilación, hacia el Bien. El orden exacto de las cosas dispuestas por nuestro Señor, incomprensible a veces, en apariencia injusto, pero sabio después de todo, y por encima de todo pleno de amor. Tomando eso como base, podría decirse que el coma irreversible en que el padre de Clara se halla sumido desde hace tanto tiempo es una prueba del amor de Dios. Su cuerpo que mengua, su espíritu que pugna por escaparse a través de los poros cercados de arrugas, las consecuencias inconclusas de una paliza propinada a destiempo por dos indeseables, todo eso forma parte del plan de Dios. A fin de cuentas, el pobre hombre siempre dijo que se había hecho policía por mandato divino: un peón dispuesto al servicio del Bien.

Alberto Galván, y el otro tipo, Quintana, también formaban parte del plan de Dios. Por supuesto. Sus miradas torvas, sus lenguas de reptil relamiéndose la comisura de los labios, su olor, tabaco, alcohol, sudor, saliva, sangre, semen, ese olor del que Clara jamás ha podido desprenderse en nueve años, que todavía la persigue, lo mismo que las risas multiplicadas en la estrechez de aquel rellano, los insultos, puta, como se te ocurra gritar te reviento la cabeza, te voy a dar lo que te mereces, zorra, el tacto repugnante de sus dedos arrancando jirones de ropa, va, sabemos que te gusta, clavándose en los pechos, en las nalgas, no te resistas, en cada centímetro trémulo de piel, no te resistas, y el dolor, el dolor sordo, seco, implacable, los resuellos, los jadeos junto al oído, susurros, el dolor expandiéndose desde el centro geométrico de su alma resignada, como agujas clavándose en el cerebro, ese dolor terrible partiéndola por la mitad a cada nueva acometida, primero un tipo, luego el otro, más cruel si cabe, más salvaje, más dolor, jadeos, sucios, degenerados, dolor, náusea, odio, descarnado odio, culminado por el grito, el grito inhumano, áspero, el grito del odio, seguido por ese vertido caliente derramándose entre sus piernas.

Después las risas, los insultos. Otra vez. Parecía que la pesadilla iba a comenzar de nuevo, en ciclo infinito hacia una muerte perpetrada como mal menor. Pero no. Más allá de los ojos cerrados, Clara solo escuchó voces alejándose, un eco apenas perceptible, y al final, inconsolable, el sonido ahogado de su propio llanto.

Por supuesto, todo eso formaba parte del plan de Dios.

También lo que vino después. La denuncia, la pantomima del juicio, la mofa de saberse privada de justicia, la vergüenza, la resignación. Su padre y su madre como buenos cristianos, agachando la cabeza, casi por la labor de poner la otra mejilla. «Ya habrá justicia, algún día», mascuñaba su padre entre dientes, tratando de contener la pecaminosa rabia que Clara quería pensar que en verdad lo embargaba. Pero la justicia no llegó. Nunca. Todavía hoy Clara se siente acechada por las dos sombras, en sus sueños, en sus pesadillas, por la calle, a la vuelta de la esquina, hoy, mañana, siempre, la persiguen, siguen consumando el más inmundo de los actos, una y otra vez, en aquel rellano en penumbra. Y Clara es incapaz de desprenderse de la náusea. Esa náusea.

Jamás volvió a acercarse a un hombre. Sentía asco, odio. Aquellos dos tipos, disfrutando impunemente de su libertad, de sus vidas, borraron toda huella de un recuerdo amable. Camino del Bien. No se habían cumplido cinco años de la violación cuando dos miserables dejaron a su padre en coma de una paliza durante una manifestación que él y otros compañeros trataban de contener. Luego le tocó a su madre, otra abnegada sierva de Dios. Un cáncer fulminante se la llevó dos años atrás. Clara sabe que, más que el cáncer, fue la pena la que acabó con ella. Plan divino, sin duda. Resignación, saber perdonar. Náusea. Hubo un momento en que las constantes del tiempo venían marcadas por las más grandes desgracias. Entre medias, las dos sombras acechando sus sueños. Ahora, el tiempo se desangra en los silbidos agónicos emitidos por el respirador artificial. Por las noches, cuando se queda en el hospital, se despierta sobresaltada en el sillón junto a la cama, todavía con el aroma nauseabundo de aquellas dos sombras impregnado en la piel.

Definitivamente, Dios debe de ser un bromista. O quizás es que no está demasiado pendiente de lo que hacemos o dejamos de hacer, entretenido en la contemplación de universos de los que poder sentirse más orgulloso. Si es así, piensa Clara, quizás cada cual deba buscar su propia justicia. No es la primera vez que esa idea le ronda la cabeza: desviarse del camino marcado por la divinidad y procurarse por su cuenta de todo aquello que contribuya al Bien. A su propio bien. Pero enseguida se espanta de sí misma, agita la cabeza y se disculpa en presurosa oración ante quien tenga a bien escucharla desde las alturas. Acaso porque, una vez ha tenido la ocasión de ver como funciona la justicia de los hombres, no puede evitar desconfiar de la equidad de la justicia divina, probablemente inflexible aun en el perdón de pecados tan fundamentados como los suyos. Su arrepentimiento, sin embargo, resulta cada vez menos sincero. Últimamente se repite para sí con mayor intensidad los nombres, Alberto Galván, Federico Quintana, impregnados de bilis, atravesados en la náusea, al tiempo que la presencia constante de las dos sombras se le hace cada vez más insportable. Se diría que solo necesita un revulsivo, algo que la sacuda de su inoperancia y la despoje de todos sus miedos.

El respirador artificial que mantiene con vida a su padre apenas exhala un hilo de aire cuando Clara, harta de pensar en todas esas cosas, se queda dormida. A eso de las tres de la madrugada, arrancada del sueño por un golpe súbito de dolor, la muchacha despierta y escucha un pitido continuado e interminable, la nueva constante que marca el paso del tiempo en esa habitación de hospital.

Ni siquiera la muerte de su último ser querido la animará a desprenderse de la náusea. Todavía le hará falta algo más, un último estímulo para desviarse del insondable plan de Dios.

10 comentarios en “Clara y la náusea

  1. Estremecedor para mí que no hace mucho viví una experiecia parecida. Yo no me acordaba de Dios. Dios está siempre durmiendo la siesta. Me acordaba de los hombres. De nuestra poca piedad, de lo mal que se entiende el consuelo, el amor.
    Un saludo.

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