Nico y el mar

El desafío azul, aguardando como cada verano. Nico se plantaba delante de la inconmensurable masa de agua, diminuto en su cuerpo de diez años, con las gafas de buceo en una mano y en la otra una piedra recién cogida de la orilla. El agua estaba fría y clara; seguramente no sería complicado encontrar algún tesoro oculto en la arena del fondo: restos de naufragios de otros siglos, monedas, piedras talladas, brillantes, utensilios de usos olvidados. Nico fantaseaba, como cada verano, con el descubrimiento inaudito de alguna de esas maravillas, o incluso con el hallazgo, por qué no, de algún ser fantástico de las profundidades: sirenas, tritones, hadas del agua. También fantaseaba con todas esas cosas durante el largo invierno de obligaciones, colegio y deberes, bajo las mantas de su cama en noches frías e interminables, pero su imaginación solo llegaba al instante actual, a su cuerpo aniñado y enclenque detenido frente al mar infinito, preparado para sumergirse de lleno en la aventura. Era ahora, ahora que el sueño de invierno se hacía realidad, cuando tocaba ir un paso más allá y conjeturar acerca de lo que le depararía su próxima incursión marina bajo el sol radiante del verano. Nico era así de ordenado.

A escasos metros, en la arena, la madre de Nico abría la boca al sol, tumbada en la toalla. Le había dicho a su hijo que no se metiera muy hondo, pero claro: Nico sabía que, cuanto más cerca de la orilla permaneciese, menores serían las posibilidades de encontrar algo de veras interesante. Después de todo, ningún barco pirata había naufragado jamás tan cerca de tierra, ni tampoco era de suponer que en tal caso quedaran allí objetos de valor, tras tanto tiempo estando al alcance fácil de cualquier pamplinas con gafas de buceo. La misma regla podía aplicarse, con más motivo y lógica, al caso de seres de las profundidades. Así que si Nico quería tener éxito en sus pesquisas debía adentrarse lo más lejos posible: los mejores tesoros, las cosas más asombrosas de este mundo, se hallaban siempre en el fondo del mar. De este modo, tras observar un instante la piedra que sostenía en la mano, una piedra muy bonita de color verde veteado de grises, y arrojarla decidido al agua, acaso considerándola botín demasiado pobre para alguien tan intrépido, Nico se colocó sus gafas de buceo y caminó sobre la espuma de la orilla hacia el interior.

Al cabo de un rato, la madre de Nico se incorporó en la toalla, alarmada de repente. Miró a un lado y a otro y no encontró a su hijo. Se puso entonces de pie y, tras otear en dirección al mar con la mano haciéndole de visera, vio la cabecita de Nico emergiendo a la superficie, a una distancia considerable de la orilla. La madre le hizo señales con el brazo, ordenándole regresar. Nico no le hizo caso, o no pareció verla de primeras. No fue hasta pasados unos minutos, dos o tres inmersiones después, que respondió a las insistentes señales de su madre: levantó la mano en un extraño gesto que bien podría haberse interpretado como un saludo o como un signo de asombro, de esos gestos que hacen los niños cuando están delante de algo a lo que no dan demasiado crédito o que supera todas sus expectativas, mano lacia agitándose de arriba abajo, ojos acaso muy abiertos detrás del cristal de las gafas de buceo. A continuación, Nico señaló con el otro brazo algo bajo la superficie, insistiendo mientras tanto en el gesto antes descrito. La madre, entre cansada y alarmada, gritó al chiquillo que se dejara de tonterías y se saliera del agua, pero este no atendió a razones. Más excitado a cada minuto que demoraba una nueva inmersión, más pendiente de lo que fuera que estaba llamando su atención allá abajo que de cualquier otra cosa que sucediera arriba, Nico decidió sumergirse de nuevo: la cabecita desapareció bajo las aguas, luego asomaron fugazmente las piernas, tomando impulso, y tras el último chapoteo la superficie volvió a recuperar su calma inicial.

Pasaron los segundos, diez, veinte, treinta, y Nico no volvió a salir. La madre empezó a gritar desconsolada y a pedir ayuda. Algunos curiosos que habían estado contemplando la escena decidieron tomar cartas en el asunto, arrojándose al agua con el fin de sacar al chico. Se vivieron momentos de mucha tensión: un montón de gente se agolpó en la orilla observando los avances de los rescatadores, varios socorristas se unieron a las labores de salvamento, y la madre de Nico tuvo que ser atendida por un médico a causa de un ataque de ansiedad. A eso del mediodía, tras más de una hora de búsqueda infructuosa, se solicitó la colaboración de las autoridades para intentar dar con Nico. Centenares de voluntarios trabajaron durante todo el día y toda la noche, conscientes de que el tiempo corría en su contra. Pero no hubo suerte. A la mañana siguiente las gafas de buceo del muchacho aparecieron en la orilla de una cala cercana al lugar en donde este había desaparecido. De Nico, sin embargo, no se volvió a saber nada.

Nadie logró jamás dar una explicación a lo sucedido, a pesar de las muchas hipótesis que se formularon y de la gran cantidad de medios que se pusieron para dar con el pequeño. Poco a poco el interés despertado por el suceso fue menguando, de la misma manera que los esfuerzos por localizar el cuerpo. Los hechos fueron mezclándose con las habladurías, estas alimentaron el misterio y todo tipo de especulaciones, y finalmente el caso pasó a engrosar la lista de desapariciones extremas ocurridas en el país. Los numerosos testigos que se encontraban aquel día en la playa siempre declararon, en tanto el hecho siguió siendo noticia, ya fuera en televisión o en prensa, que no entendían cómo algo así podía haber pasado: «El chaval estaba tan tranquilo, buceando, y de repente se esfumó. Se lo tragó el mar, otra cosa no pudo pasar».

La madre de Nico nunca dejó de buscarlo. Se dejó parte de su vida recorriendo el mar, costeando expediciones que la pusieran sobre la pista de lo que verdaderamente había ocurrido. Todo en vano. La pobre mujer jamás olvidaría lo que el muchacho solía decir, como una premonición, al principio de cada verano: que los mejores tesoros, las cosas más asombrosas de este mundo, se hallaban siempre en el fondo del mar.

Nico era, sin duda, el mejor ejemplo. Y, costara lo que costase, allá donde estuviera, ella lo encontraría.

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