La esencia bajo el hueso

«Yolanda no tiene ni idea de enseñar a nadie absolutamente nada, como tampoco tiene idea de casi ninguna cosa en esta vida. No obstante, todavía se le puede disculpar la ignorancia: al fin y al cabo, solo tiene diez años. Otros dejan transcurrir una vida entera y siguen tan vírgenes de conocimiento como un niño de teta, con el agravante de que, con el paso de los años, y lejos de avergonzarse, van reafirmándose soberbiamente en su ignorancia, revolviéndose contra todo aquel que osa criticarlos o siquiera les sugiere cierta necesidad de mejora: «¡Sí, no sé de tal o de cual asunto! ¿Y qué?», parecen decir a veces, levantando mucho el mentón, desafiando con la mirada y los miembros crispados al enemigo, malencarados y orgullosos. Suelen tales personas, por norma general, adolecer de idénticas carencias también en el plano afectivo, en donde a menudo, redomados egoístas como son, se muestran igualmente condescendientes y permisivos para consigo mismos, no echando cuentas ni de su falta de empatía ni de su escaso altruismo (tan solo la falta de empatía y el escaso altruismo de los demás es criticable, pero no el suyo). Desgraciadamente, no son los estultos los únicos que, tarde o temprano, deciden mirar únicamente para dentro de sí mismos; también muchos que van de sabios incurren en los mismos errores, aunque es probable que sean más conscientes de ello y acaso lleguen a sentir algo de vergüenza de sí mismos. Quién sabe… El caso es que, acostumbrados a las torvas sutilezas de los adultos, sorprende a veces ver cómo suceden cosas maravillosas en el reducido ámbito espacio-temporal de la infancia, cómo esos personajillos diminutos regidos aún por la teoría del caos pueden en ocasiones dejarse guiar, sin vergüenza ni pesar, por los impulsos más primarios y, al mismo tiempo, más elevados. Yolanda no tiene ni idea de enseñar a nadie absolutamente nada, y aun así se ofrece y se devana los sesos para enseñar a su primo Manuel a montar en bicicleta. Ojalá todo funcionara de esa manera siempre. Ojalá todos pusiéramos tanto empeño en las cosas». 

Instrucciones para montar en bicicleta

Me topo, releyendo algunos párrafos de De sombra y de luz. Relatos Vol. I, con esta reflexión, y me sorprendo de la vigencia que, dentro de mi ideario particular, sigue conservando hoy en día, casi cuatro años después de que fuera escrita. Supongo que hay opiniones que no cambian tan fácilmente, sobre todo a ciertas edades y con independencia de que sean más o menos acertadas. En este caso, obviamente, sigo pensando de la misma manera, con mayor convencimiento si cabe dadas las muestras sobradas de egoísmo con que nos empeñamos en continuar sosteniendo juicios semejantes. Es, por desgracia, el triunfo de la mediocridad; es, imagino, el orgullo del ignorante, ese que consume telebasura y se nutre nada más que de actitudes repugnantes, que se vanagloria de no haber leído nada, ese que desprecia el conocimiento que escapa a la generación espontánea de opiniones de mierda que se concentra en el centro matemático de su ombligo. En ese sentido, y como dice el tango, el mundo fue y será una porquería, sí.

Queda, por suerte, la opción de volver a ser niños. Descontaminarnos de prejuicios, redescubrir la esencia bajo el hueso y acaso contagiarnos de pura curiosidad, de cándida ilusión. Apagar el piloto automático que rige nuestra existencia y volver a emocionarnos por las cosas más insignificantes, sin miedo a ser tachados de anormales. Porque hay que vivir la vida como merece ser vivida, que no es sino del modo más anormal que se nos pueda ocurrir.

Y sí. Ojalá fuera tan fácil.

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