Pafman (tesoros de escritorio)

«Pafman», de Joaquín Cera. Super Top Comic 1, Ediciones B.

Me permitiré hoy regresar al baluarte inexpugnable de la infancia, a la vida sencilla de ese niño raro de cojones que dibujaba historias de rodillas en el suelo, apoyado sobre el colchón de la cama. Las viñetas de mis tebeos, delirantes y apretadas, bebían de gran variedad de influencias: la violencia extrema, la sangre y la épica corrían a cuenta de Los caballeros del zodiaco y, por supuesto, de Bola de dragón, mientras que las historietas más amables y pretendidamente graciosas (no estoy seguro de que alguna vez alcanzara de veras esa meta) emulaban las desventuras de los habitantes de nuestro escritorio (mío y, sobre todo, de mi hermano). Ellos son los verdaderos protagonistas de este texto.

Antes de las distintas redistribuciones de mobiliario que mi madre haría a medida que mi hermano y yo fuimos marchándonos de casa, el escritorio estuvo muchos años descansando sobre la pared situada frente a nuestras camas. En su interior almacenábamos con puntualidad febril, casi de manera semanal en las épocas más intensas, todos los tebeos que comprábamos en la papelería Vilo, proveedor exclusivo en el barrio de cualquier cosa que estuviera medianamente relacionada con la cultura, tan solo secundado de forma esporádica por la papelería Torres. Dentro de esta vorágine consumista, las estrellas, cómo no, eran Mortadelo y Filemón, cuyos ejemplares intercambiábamos con nuestros primos como si de cromos se trataran; también estaban presentes, aunque en mucha menor proporción, Zipi y Zape, Rompetechos y Superlópez, siendo este último la verdadera debilidad de mi hermano, a la cual yo intentaba contribuir con la compra de algunos volúmenes que jamás llegaban a figurar entre los más destacados (¿cómo comparar Cachabolik Blues Rock o Los cerditos de Camprodón con, por ejemplo, Los cabecicubos o La caja de Pandora?). Y con los Mortadelos pues pasaba algo parecido: Cacao espacial, por poner solo un ejemplo, siempre sería mejor que A por el niño, por muy bueno que fuera este (¡ay, ese Alfonsito Dividendo, la de quebraderos de cabeza que dio!).

Teniendo todas las de perder en terrenos tan bien conocidos por mi hermano, llegó un punto en que comencé a explorar otras vías que me brindaran un mayor protagonismo. También es verdad que por aquel entonces mi hermano estaba ya muy crecidito para seguir comprando tebeos, así que lo tuve muy fácil pese a la calidad cuestionable de algunas de mis adquisiciones. Porque Montse, la amiga de los animales, era de todo menos divertido, y los comics de superhéroes DC que empecé a comprar sin orden ni concierto (destacar al menos las colecciones completas de La Patrulla Condenada y Alien Legion, de las que igual hablo otro día) desvirtuaban la esencia entrañable de los tebeos de Bruguera y Ediciones B. Luego estaban los que vendían en el quiosco de arriba de nuestra calle, Monstruos o algo así creo que se llamaban (seguirán, seguramente, sepultados bajo montañas de tebeos mucho mejores, allá en el escritorio), una especie de publicación amateur con infinidad de historietas protagonizadas por monstruitos que ni daban miedo ni tampoco lograban la mayoría de veces su misión principal, que no era otra que hacer reír.

Volviendo a Ediciones B, sí hubo al menos un descubrimiento al que hasta mi hermano no tuvo más remedio que rendirse, la joya de mi modesta corona, escasa en el cómputo global de ejemplares adquiridos pero rematadamente grande, quizás no en calidad, técnica o elegancia, sino en algo tan inefable y a la vez tan determinante como es lograr lo que otros muchos no conseguían: arrancar carcajadas. Estoy hablando de Pafman, creado por el dibujante Joaquín Cera.

Fueron, si no recuerdo mal, nada más que dos ejemplares de historietas cortas (se ve que el dueño de Vilo no casaba demasiado con semejantes rarezas y prefería comerciar más sobre seguro), pero suficientes para que primero yo, y más tarde mi hermano, nos dejáramos seducir por ese humor rematadamente absurdo que impregnaba cada viñeta, a veces crítico (especialmente con esa televisión inmunda que se estilaba en los noventa y que aún sigue vigente en la actualidad, que en eso no es que hayamos mejorado mucho), y a veces también grosero, incluso de mal gusto según quién lo leyera, lejos de todo lo que hoy en día da en considerarse como políticamente correcto. En cualquier caso, era un humor muy parecido al que mi hermano y yo practicábamos en casa, y que consistía, hablando mal y pronto, en soltar gilipolleces una detrás de otra. Pues eso era Pafman: una sucesión de chorradas sostenidas por el hilo argumental justo para que la estructura no se viniera abajo, las idas y venidas de un superhéroe de andar por casa cuyo ayudante era un gato con antifaz llamado Pafcat y su mayor enemigo un enano con muy mala uva que respondía al nombre de El Enmascarado Negro. La trama, en realidad, era lo de menos. Lo importante era el gag, el chiste que uno no esperaba y que de repente te rompía todos los esquemas. En una historieta, por ejemplo, nuestros héroes tenían que descubrir de dónde venían las risas enlatadas que se oyen en las sitcom americanas, que al final, si no recuerdo mal, resultaban formar parte del maquiavélico plan de a saber qué supervillano para matar a la gente de risa, o algo así… No recuerdo bien los detalles, la verdad; pero sí recuerdo uno de los chistes, y todavía me río: en el transcurso del rodaje de una de esas series, y como parte del guion, un chiquillo se acercaba a su padre, parado sin más en el pasillo de casa en mitad de la madrugada, y le preguntaba qué hacía allí, a lo que el padre le respondía: «Pues nada, esperando a que me pase una manada de ñus por encima». Entonces sonaban las risas enlatadas de turno y los actores interrumpían la escena, hartos de oír cada dos por tres la misma cantinela y no saber en realidad de dónde procedía… Así de absurdo, sí, y hasta puede que sin demasiada gracia para la inmensa mayoría (desde luego, así contado suena peor de lo que era en vivo y en directo). Pero a nosotros, a mi hermano y a mí, lo de los ñus nos hacía reír muchísimo, hasta el punto de que era mencionarlo y ya teníamos coba para toda la tarde. Con eso bastaba, lo cual, a mi parecer, era ya todo un logro por sí mismo.

Pafman fue mi mayor y más modesta contribución a los tesoros de nuestro escritorio. Después pasaron los años y quedó relegado al olvido, como tantas otras cosas, hasta que llegó el momento en que a uno le toca, como decía al principio, regresar al baluarte inexpugnable de la infancia y ponerse a recordar. Y allí fue donde volvió a surgir el superhéroe de Logroño city. Alguien cercano a mí, alguien con línea directa con los Reyes Magos, tomó buena nota de mi nostalgia, de manera que entre los regalos de este año apareció un volumen recopilatorio de tres historias largas de Pafman que yo no conocía, publicadas a partir de 2004: Pafman redevuelve, La noche de los vivos murientes y Pafman en USA. No tardé mucho en sentarme a leerlo, un poco temeroso de que la magia, ya fuera por mi parte o por parte del señor Cera, se hubiera esfumado tras tantos años de desconexión. Por suerte no fue así. Pafman seguía, o mejor dicho, sigue siendo grande, y las carcajadas, Maite puede confirmarlo, continúan oyéndose tanto o más que las risas enlatadas de aquella vieja historieta. Y es que no todos los días se topa uno con gilipolleces tan gordas como la de ese profesor Fuyú que sale en la segunda aventura, un vejete que chechea y que, tras ser salvado del ataque de un zombie que trataba de estrangularlo, sigue con la mano amputada del muerto viviente agarrada del cuello durante el resto de la historia y también en la siguiente, simplemente porque termina cogiéndole cariño… Vale, habrá muchos que todavía no le vean la gracia. Pero a mí, qué queréis que os diga, me merece la pena. Porque reír con un tebeo a mis 42 años es volver por un instante a la infancia, a la vida sencilla de ese niño raro de cojones que improvisaba historias igual de delirantes a los pies de la cama. Y eso es algo de precio cada vez más incalculable.

Definitivamente, ahora que lo pienso, tendré que pasarle estas nuevas aventuras de Pafman a mi hermano, a ver qué opina.

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