Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Edición conmemorativa IV centenario Cervantes. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española.

Tarea harto complicada la que se nos viene encima, amigo Sancho… ¿Qué decir sobre un libro del que tanto se ha dicho ya? ¿Cómo abordar semejante obra en justa proporción, o cubrir en reseña tan modesta como la que nos ocupa, siquiera pretender intentarlo, sus intrincados vericuetos, sus múltiples interpretaciones, sus innumerables logros, todo aquello que académica, erudita y ostensiblemente ha sido puesto ya de manifiesto en mejores palabras que las que aquí pudiera yo encontrar? ¡Por cierto que esta empresa será de las grandes, y también peligrosa! Porque has de saber que, en no pocas ocasiones, elevadas cotas de gloria requieren poner en el tablero idénticas dosis de riesgo e ingenio, aunque eso bien lo sabrás tú ya, truhán, habiéndolo escuchado como sin duda lo habrás hecho en alguno de esos refranes insufribles con los que sueles adornar tu discurso, y hasta puede que por una vez seas capaz de hacerlo en su debido orden, sin mezclar churras con merinas ni clérigos con villanos. La cuestión es, Sancho amigo, que he tratado y hasta podría decirse que ambicionado concluir felizmente esta vuestra extensa semblanza de aventuras y calamidades desde que tengo uso de razón, y, ahora que fin le he puesto, me veo en la obligación de devolveros en justa medida de alabanzas cuantos buenos ratos me habéis hecho pasar, aun sin haber sido esta empresa de fácil cumplimiento, como se verá.

Diré sin rubor que mi primer acercamiento a la obra que vuestro amo y señor titula se produjo a las puertas mismas de mi adolescencia, a edad demasiado tierna como para comprender en toda su magnitud la profundidad aneja a lecturas tales, que viene siendo lo mismo que decir que, imberbe como era en estos y otros asuntos de la vida, no podía siquiera intuir el verdadero meollo de aquellas sabrosas y largas pláticas con que amenizar pretendíais vuestra búsqueda de aventuras, así como la sátira mordaz tras de vuestros tan nobles como disparatados lances, como otro más avezado en tamañas lides sin duda habría hecho en mi lugar. Es el caso que disponía la voz errónea de la experiencia, entre otros muchos volúmenes de diversa y muy gozosa naturaleza, de un bellísimo ejemplar de vuestra novela, ricamente engalanada e ilustrada con los grabados del señor Doré, tan profusos en deliciosos detalles que yo me quedaba boquiabierto contemplándolos, y había hasta veces en que olvidar daba en lo que estaba leyendo y tenía que volver sobre lo ya leído, con la añadida dificultad de estar todo escrito en aquella antigua y digna modalidad de nuestra lengua, que a veces me sonaba a berberisco y otras, tras ardua y feliz asimilación, aunque no sin esfuerzo, lograba poner la narración nuevamente en su sitio. Este primer intento, como te decía, quizás le venía demasiado grande a interés tan precoz como aquel del que yo hacía gala, pero sin duda rebasó las escasas esperanzas que mi hermano puso en mí: «¡Del capítulo de los molinos no pasas!», se atrevió a vaticinar el muy pillastre cuando me vio cargar con el valioso tomo, ¡y vaya si pasé! De los molinos, sí, y también de los Batanes, de Sierra Morena y sus pastoriles amoríos, de venta en venta y de entuerto en entuerto, galeotes, cautivo y curioso impertinente de por medio, mascaradas e intrigas a la postre, más ventas y más aventura, y por último la vuelta lamentable y desafortunada de vuestro señor Don Quijote (nombrémoslo, que ya tardaba de más en hacerlo) al hogar. Con eso concluí la primera parte de vuestras caballerescas andanzas, cerrándole el pico a mi hermano y teniéndome, por cierto, en mayor estima de la que jamás hasta entonces me había atrevido a soñar. Pero ¡ay, Sancho…! Todo se torció al poco de emprender de nuevo camino con vuesas mercedes. Para mí eso de metaliteratura era todavía algo desconocido, de manera que le vi poca o ninguna gracia a la invención orquestada por vuestro señor padre literario para incluir la novela dentro de la propia novela, amén de apócrifos, usurpadores y demás rencillas de capa y pluma que empezaron a sobrevolar la trama allá donde el ego inmortal de don Miguel daba en reclamar para sí los laureles de la gloria y la fama. Aun así aguanté, seguí con interés verdadero vuestras nuevas y gustosas empresas, todo cuanto pude y más allá, hasta que, ¡ay, señor mío!, metieron los señores duques sus ínclitas narices en la historia, y, conocedores como eran de las humanas debilidades, tiraron de tu codicia pueblerina y tu falta de entendederas para mofarse durante una serie de capítulos que, de tan larga y extralimitada, terminaron por agotar mi juvenil paciencia, de modo que cerré aquel voluminoso ejemplar para siempre y lo volví a restituir a su lugar en la estantería, justo al lado de la Biblia, en donde a día de hoy sigue acumulando polvo y demás estragos del tiempo.

Te mentiría, no obstante, si no reconociera, mi buen Sancho, el valor que mereciera aquella primera lectura infructuosa de vuestras memorias. Porque amén de depararme gratos y sabrosos momentos de regocijo, también me trajo algo así como remembranzas de un tiempo pasado en cierto modo vigente hasta los presentes, una continuidad espacio-temporal, término este que intuyo que te sonará a jerga de bárbaros, que vinculaba nuestro por ahora con aquel vuestro por entonces, como si no hubiesen transcurrido cuatro siglos entre vuestras hazañas y nuestra admiración y el mundo de allá afuera, surcado de caminos de tierra, cuajado de ventas de mal vivir, sembrado lo mismo de malas gentes que de menesterosos a los que socorrer, siguiera deparando idénticos sinsabores y alegrías al venturoso que, dejando atrás casa y heredad, decide salirle valerosamente al encuentro. Acaso sea el romanticismo que corre por las venas de los habitantes de esta nuestra España, que nos lleva a creernos, como aconteciera con vuestro amo y señor, caballeros andantes en cuya mano diestra está el castigo contra la injusticia, en tanto en la siniestra sostenemos el dulce bálsamo del consuelo, olvidándonos, cuando se trata de impartir uno u otro remedio, del dechado de ironía y crítica que sirvió de génesis para vuestras aventuras, primeramente contra el noble oficio ejercido por vuestro señor Don Quijote, como es bien sabido que fue propósito primordial de don Miguel, pero también, según tuve ocasión de reflexionar luego, contra la naturaleza cruel, interesada y nunca lo suficientemente recta de algunos hombres, que lo mismo se jactan de una buena acción llevada a cabo a lo largo de su vida que les faltan años para arrepentirse debidamente de todas las tropelías que sirven para completar su biografía, de igual manera que hay hombres en extremo virtuosos que han de pagar de por vida las consecuencias de tan aisladas como indeseables equivocaciones. Sea como fuere, Sancho amigo, te diré que vuestras andanzas, aun quedando inconclusas, pintaron ante mis ojos inexpertos los maestros trazos de un mundo que todavía no había tenido oportunidad de conocer, un mundo que, pese a diferir en su esencia del mundo real que luego descubrí, sigue alzándose a día de hoy como recuerdo imperecedero, no por idealizado menos verdadero que este cabalgar entre siglos que me ha tocado en suerte.

Habría de esperar más de veinticinco años, ¡oh, Sancho!, para ver acabadas vuestras aventuras y rendir debido tributo y más que merecido respeto ante la tumba de vuestro señor Don Quijote. Ocurrió tan felicísimo acontecimiento Real Academia mediante (felicísimo por cuanto tuvo de viejo y necesario ajuste de cuentas con vuestra inmortal historia, que no por constatar y dar fe del triste final de vuestro señor de la triste figura), en formato menos aparatoso y más benévolo para con mis enclenques brazos que aquel que había dado en leer durante mi adolescencia, conservando no obstante esta nueva edición toda la pureza del lenguaje, como corresponde a institución tan alta como la que la amparaba. En esta segunda intentona, luego de revivir nuevamente y con igual intensidad y placer que la vez primera vuestras famosas causas y vuestros fortuitos azares, pude al fin, no sin paciencia, dejar atrás el indignante ascendiente de los duques de chichinabo en los derroteros de vuestra sin par travesía, con su Clavileño, sus ínsulas y sus sainetes de criados, todos ellos más felizmente concluidos que disfrutados, tras lo cual no pude por menos que encaminarme a vuestro lado hacia aquella playa de Barcino, ¡oh, destino ingrato!, que conoció la derrota última del valeroso Don Quijote a manos del caballero de la Blanca Luna. Tal lance me dejó sin duda tocado, mi fiel Sancho, porque asegurarte puedo, por cierto que sin vergüenza, que en mis carnes sufrí la humillación de vuestro señor, que a su grupa habría querido, como glosara el poeta, que me llevara consigo a ser pastor, y juntos, bajo ardientes soles y frías lunas, al amparo de las rocas de la sierra morena, lamernos las heridas de una vida que se resiste siempre a ser vivida a nuestra peculiar manera.

Porque, más allá de la muerte y de otros tantos y tristes destinos, de metaliteraturas y demás contribuciones felices al oficio siempre dificultoso de las letras, más allá de interpretaciones y sesudos análisis, lo que aquí trasciende, buen Sancho, es el espíritu irredento de vuestro señor Don Quijote, el mismo del que tú también te viste contagiado y que, de igual y subrepticia manera, termina impregnando en mayor o en menor medida a todos los que nos dejamos atrapar por vuestra historia, de modo tal que nos empuja, trágico y valeroso como sin duda es, a continuar batallando siempre y en balde contra molinos de viento. Hablamos, como bien sabes, de suplir cordura por demencia, aunque también de aplicar cierto y básico sentido común a nuestra locura. Mas dime, Sancho, ¿quién es más loco, aquel al que señalan con el dedo, aquel del que se ríen y al que humillan por querer defender un ideal, o todos los que, aun revolcándose por el fango de sus mezquinas vidas como cerdos en lodazal, se creen con el privilegio de mirarnos por encima del hombro, de juzgarnos y socavar nuestros principios? Es así como todos los que nos deleitamos siglo tras siglo con vuestras proezas quedamos indeleblemente marcados con vuestra impronta; es así como hacemos nuestras las vuestras caballerescas aspiraciones, por muy censurables y hasta desfasadas que puedan resultar, ávidos como siempre estamos de sumarnos a las más altas y perdidas de las causas: sobreponiéndonos día tras día al infortunio, creyendo ciegamente que el más grande de todos los imposibles puede tornarse realidad a poco que perseveremos y no demos nuestro brazo a torcer. Es quizás alta locura esta, Sancho, nada más que consuelo para ignorantes. O es, quizás, ese proceso de «quijotización» que tú bien conoces y que muchos, no bien terminamos de derramar nuestra última lágrima sobre la última de vuestras páginas, experimentamos a modo de divina revelación. Que no era vuestro amo y señor tan loco, ni tú, mi querido Sancho, pecabas tanto de simple. Que erais un poco de todo sin llegar a ser nada, algo así como un reflejo confuso de nuestra confusa naturaleza. Allá donde vuestro padre literario, el inmortal don Miguel de Cervantes, quiso advertirnos de los peligros de ciertas lecturas, se impuso finalmente el efecto contrario, pues muchos acabamos volviéndonos quijotes. Seguramente no fuera este su propósito, pero a su manera, por todo cuanto de principio universal tiene, es también meritorio. De hecho, estarás conmigo en que el mismo don Miguel, visto con la perspectiva de los años y la experiencia, resulta un tanto quijote en sus muchas aspiraciones y sus aún más abundantes frustraciones. Solo la posteridad terminó dándole la razón, en tanto en vida, como otros muchos, tuvo que batallar en soledad.

Pero eso se acabó, Sancho amigo. Ni padres, ni hijos, ni escritor, ni caballero, ni escudero. Sabes que ya nunca más estaréis solos. Somos muchos los que cabalgamos con vosotros a lomos de Rocinante, muchos dispuestos a desfacer entuertos y asistir a los menesterosos, embistiendo molinos de viento transmutados en gigantes, devotos de nuestra sin par Dulcinea, velando armas a la espera de días de glorias mejores. Y así será por los siglos de los siglos. Comoquiera que sois fiel reflejo de nosotros mismos, no podía dejaros abandonados por más tiempo. Los locos siempre somos más.

Seguro que, tras aportar tan pródigas y cumplidas razones, disculpadme sabréis, amigo mío, por haber tardado tanto en rendiros pleitesía. Sirvan estas palabras para enmendar tamaño error y, nuevamente, declararme admirador del ingenioso hidalgo, luego caballero, Don Quijote de la Mancha.

VALE

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