Colección RBA Narrativa Actual

Dedicado a mi madre

Eran diez libros en total. Material suficiente para varios meses, incluso más. Mi madre se había decidido a regalármelos por Navidad, empeñada como estaba en que yo leyera. Todavía la recuerdo golpeando la cubierta de uno de ellos, el primero que cogió cuando los desenvolví, lo golpeaba con el dedillo así, como si fuera el pico de un pájaro carpintero, y ensalzaba las glorias y virtudes de los autores allí incluidos: narrativa moderna, decía, esto está muy bien, ya verás. Seguramente necesitaba reivindicarse a sí misma, el gran mérito de su regalo ante las dudas que, pocos días antes, mi hermana había sembrado en su determinación inicial, cuando le dijo (yo lo escuché sin querer) que aquellos diez libros de autores tan diversos como Cabrera Infante, Eduardo Mendoza, García Márquez, José Luis Sampedro, Isabel Allende o Bioy Casares no eran en absoluto adecuados para un chaval de apenas diecisiete años como yo. Tal vez mi hermana pretendiera protegerme, o tal vez me subestimara. Mi madre, por su parte, había conseguido a buen precio aquellos diez ejemplares de la colección de narrativa actual de RBA a través de la agencia en la que trabajaba en ese momento, precisamente vendiendo libros de puerta en puerta; el caso es que, ya fuera por no terminar de arruinarle a la mujer la sorpresa, ya fuera porque verdaderamente el regalo me pareció una maravilla, me predispuse, llegado el momento, a mostrarle mi entusiasmo de la mejor manera posible. Lo importante era que a nadie le cupiese duda alguna de que mi madre, con toda la buena intención que siempre la caracterizaba en lo que a regalos se refería, había dado justamente en el clavo.

He aquí la selección de libros que me tocaron en suerte. Poco a poco, algún día, espero poder reseñarlos todos:

1) Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

2) Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes.

3) La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.

4) El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez.

5) La casa de los espíritus, de Isabel Allende.

6) La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro.

7) El río que nos lleva, de José Luis Sampedro.

8) Filomeno a mi pesar, de Gonzalo Torrente Ballester.

9) La invención y la trama (I), de Adolfo Bioy Casares.

10) No digas que fue un sueño, de Terenci Moix.

De entre todos ellos, ciertamente puedo decir que por aquel entonces yo apenas si conocía a dos o tres autores. Es por eso que hoy, tantos años después y con la perspectiva adquirida, le doy tanto valor al regalo de mi madre. Porque aparte de descubrirme a algunos escritores que me han venido acompañando a lo largo de todo este tiempo (en especial Mendoza y Bioy), también contribuyó, en cierto modo, a orientarme hacia un tipo de lectura que, no siendo la más fácil o la más popular para compartir en una charla entre amigos, sí ha terminado siendo la que más me llena. Poco best seller, con todos mis respetos, y mucho clásico, contemporáneo o con mayúsculas, que lo mismo da. Es cierto que yo ya arrastraba cierto bagaje y alguna que otra tara, niño raro de cojones como era: pretender leer el Quijote con trece años, o haber terminado el Persiles con la misma edad, por poner un ejemplo, no son cosas demasiado normales; más adelante, descubiertos a su debido tiempo autores como Allan Poe y Bécquer, había hecho ya alguna que otra infructuosa incursión en literatura más moderna y «adulta», de entre los muchos libros que la voz errónea de la experiencia tenía en casa (Chacal, de Forsyth, Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o Manu, un libro la mar de raro, parcialmente ambientado en Málaga y Campillos, escrito por un tal Cristóbal Zaragoza); pero, con eso y con todo, esta tanda de libros, que tantos y tan buenos ratos me depararía en los meses y años siguientes, sirvió para asentar preferencias, poner algo de orden en el desbarajuste de mi mente y marcar el camino para posteriores alegrías. El viaje, desde luego, fue apasionante: esa celebración de la vida y de la literatura llamada Tres tristes tigres; ese triunfo del entretenimiento de calidad que es La ciudad de los prodigios; el amor y el dolor de Señora de rojo sobre fondo gris; la ternura de La sonrisa etrusca; la sorpresa, la sofisticación ficcional de las obras reunidas en La invención y la trama… Cada una de estas obras, cada cual a su manera, supusieron un hito en mi largo aprendizaje. Porque leer es siempre seguir aprendiendo, un imparable proceso de formación.

Mi madre, en realidad, siempre estuvo ahí a lo largo de ese proceso. Este episodio, aun siendo acaso el más importante, es solo un ejemplo. Fue ella quien me regaló mis dos primeros libros (Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y La isla misteriosa, de Julio Verne); de pequeño era ella quien me llevaba a la papelería Torres a comprar algún libro de Barco de Vapor o de Juvenil Alfaguara siempre que se me antojaba. Luego, de mayor, vendría El señor de los anillos, claro, y supongo que cuando cada Navidad, todavía hoy, el regalo más socorrido y también más solicitado por mi parte sigue siendo un libro, es también gracias a ella, a su empeño. También el hecho de escribir. Es una hilera de fichas de dominó, supongo. Fue ella, después de Maite, la primera que tuvo entre sus manos mi novela, la primera a quien se la dediqué. No podía ser de otra forma. Sin esa fijación suya por que su niño leyera, acaso barruntando que era esa la mayor contribución que podía hacer a mi formación, mi vida habría seguido siendo una buena vida, porque siempre procuró que así fuera en todos los ámbitos, pero habría sido, también, muy distinta. Seguramente no estaría escribiendo ahora, ni este artículo ni nada en absoluto. Es el dominó que comentaba antes, del cual ella fue sin duda la primera de las fichas en caer, el desencadenante.

Todavía recuerdo su dedo, como un pájaro carpintero, golpeando la cubierta de uno de mis queridos libros de RBA aquella mañana de Navidad. Marcando el camino.

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