Interludio nocturno

El tipo A se despierta sobresaltado de madrugada. Ha tenido una pesadilla y ahora se encuentra de golpe sentado en su cama, recorriendo con la mirada nerviosa la oscuridad de su habitación. Siempre es lo mismo. Cada vez que televisan el programa “El lado enigmático del misterio” le ocurre igual, tiene pesadillas de lo más siniestras y se despierta con la sensación de que va a encontrarse a su difunta abuela a los pies de la cama, ofreciéndole alguno de sus suculentos guisos (que, como ella, en gloria estén). Poco a poco, sin embargo, recupera la noción de la realidad, y descubre que quizás no ha tenido ninguna pesadilla, sino que se ha desvelado por la discusión que, en el piso de arriba, están teniendo en esos momentos el señor B y la señora C, a pleno pulmón y violando derechos constitucionales como, por ejemplo, dormir a pierna suelta. Tampoco es nada nuevo. Cada cierto tiempo el viejo matrimonio se enzarza en alguna disputa doméstica, siempre a horas intempestivas y siempre por motivos que al resto de los mortales les parecerían absurdos. Esta vez la polémica está suscitada por unas cortinas que, según parece, el señor B ha agujereado con un cigarrillo mal situado, con la consiguiente indignación de la señora C. Eso es al menos lo que se deduce de los gritos sesgados que llegan desde arriba. Tras un par de minutos intentando captar en vano más detalles de la trifulca, el tipo A se da por vencido y hace por volverse a dormir, pero resulta imposible atendiendo al grosor (nulo) que tienen las paredes del edificio. Así que, mitad resignado, mitad encabronado, se levanta y se dirige a la pequeña terraza situada en el otro extremo de la casa, resoplando de fastidio. Una vez allí se asoma a la calle, enciende un cigarrillo como muestra de solidaridad tácita para con el señor B, y nada más.

La calle se muestra desierta a esas horas, una larga cuesta que asciende suavemente ocultándose tras los edificios colindantes. Solo a lo lejos, más abajo, se ve una diminuta sombra que parece caminar con cierta dificultad. Sin prestarle demasiada atención a nada más, el tipo A saborea cada calada de su cigarro con placer: aspira, cierra los ojos, espira, se dice a sí mismo algo así como «lahostiaputajoder…», vuelve a aspirar, ojos vueltos, y así sucesivamente. La brisa nocturna le reconforta, le brinda cierto oasis de paz en el que aislarse de los gritos del matrimonio cascarrabias y demás incordios. Por un lado, reflexiona, es para cagarse en sus muertos varias veces, básicamente por montar el escándalo que montan sin que les importe una mierda todo lo demás; aunque, bien pensado, si no hubiera sido por sus gritos no podría estar disfrutando ahora mismo de un momento tan placentero, así que quién sabe: igual todavía tiene que subir a darles las gracias, abrazarlos y pedirles paz, amor y alguna que otra bronca esporádica para compensar. Incluso podría invitar al señor B a un cigarrillo, a ver si así quema alguna otra cosa y vuelven a liarla. El tipo A, que seguramente se cree muy ingenioso, se sonríe ante tal ocurrencia. Menos mal que se tiene a sí mismo, reflexiona.

En ese momento, mientras todavía piensa en estas cosas, un avión ruge por encima de la cabeza encrespada de nuestro hombre. Tras levantar la vista al cielo negro, el tipo alcanza a ver unas pocas luces rojas parpadeando y moviéndose a gran velocidad. «Un avión», piensa de inmediato. «Aunque quién sabe… Objetivamente solo se distinguen un par de luces, así que podría ser cualquier cosa, un OVNI quizás…». Lejos de lo que pueda pensarse, no es esta reflexión, claramente inspirada por el programa “El lado enigmático del misterio”, la única e instantánea epifanía experimentada por el tipo A: «En todo caso —se dice justo a continuación—, si le da por joderse y se cae nos vamos todos a tomar por culo». Por suerte los motores del avión (si es que realmente es un avión) parecen funcionar perfectamente, y en pocos segundos su rugido se pierde en la noche y las luces se ocultan tras una antena parabólica para no volver a asomar más. El tipo A no puede evitar sentir cierta decepción. Ya se veía invadido o aplastado, según se mire, por un atajo de hombrecillos verdes zumbones como avispas. Su frustración es solo comparable a la que debe de estar experimentando la señora C, a juzgar por el estallido de platos que se oyen en ese instante en el piso de arriba (heteropatriarcalmente hablando, semejante alarde de histerismo solo puede proceder de ella, del mismo modo que a la pobre mujer le hemos asignado la letra C en lugar de la letra B, por poner el caso). «Joder, ya empieza la vieja a sacarlo todo de quicio», piensa el cerdo machista tipo A dando una calada profunda a su cigarrillo, al tiempo que se desvanece el amago de simpatía previo que el viejo matrimonio le había despertado.

El entretenimiento, mientras tanto, sigue su curso imparable. Solo unos segundos después de oír el estropicio de platos, un coche se detiene justo en el portal del edificio de enfrente. A través del parabrisas, el tipo A reconoce a la chica del 5ºD como la ocupante de la plaza de copiloto. El conductor del bólido probablemente sea su nuevo ligue, el clásico hortera sacado de alguna discoteca repleta de pastilleros y chulos. Eso, al menos, es lo que se intuye en plano picado de prejuicios, y no porque se vea claramente al sujeto en sí, sino porque el tipo A presume de conocer de sobra los gustos y querencias de su vecina. El caso es que los ocupantes del vehículo, lejos de querer despedirse, o quizás sabiendo que la despedida es ya inevitable, comienzan a besarse como si fuera su último día en la Tierra. El tipo A, mientras, observa la escena con cierto embarazo social, sintiéndose poco menos que un voyeur, un mirón fortuito y repugnante: «Estos capullos van a conseguir que un momento de deleite como es fumarse un pitillo se convierta en una situación incómoda de la hostia —se dice a sí mismo—. Pues yo no me voy a mover, que se vayan a follar a un descampado…». Definitivamente, la metafísica y el tipo A parecen ir cogidos de la mano esa noche. Entretanto, la chica del 5ºD se ha subido encima del chulo de discoteca sin ningún reparo, lo que hace suponer que no ha considerado seriamente la posibilidad de, en efecto, irse a un descampado (o a un hotel al menos). Tras unos pocos e impúdicos magreos, el coche empieza a balancearse al son de amortiguadores pasados de rosca, vislumbrándose a través del parabrisas cada vez más piel y menos ropa. A continuación se oyen algunos gimoteos en mitad de la madrugada. La cosa parece que va en serio. El tipo A sigue de cerca los avances de la pareja, a ratos avergonzado, a ratos excitado: «Qué golfa has sido siempre, amiga…», masculla entre dientes mientras cobra conciencia de su imponente erección.

Ya está a punto de echarse mano cuando de repente, para gran alivio e inmensa pena (así de contradictorio es nuestro hombre), se presenta un visitante inesperado: la sombra que minutos antes se intuía a lo lejos, calle abajo, ha seguido durante ese rato avanzando lenta e inseguramente, trazando amplias curvas de una acera a la otra, hasta que por fin ha terminado llegando a la altura del edificio del tipo A y, por consiguiente, a la del coche del amor desaforado. La sombra en cuestión pertenece a un borrachuzo bien conocido en el barrio, un tipejo inmundo que peregrina de bar en bar y que solo pisa su casa, que habrá que verla, cuando se le acaba el dinero o le cierran el último garito. Esta vez, dadas las horas y lo lamentable de su aspecto, parece haberse dado la última circunstancia. El caso es que, tan pronto como se percata de la pareja que se ama y se fagocita entre gemidos locos en el interior del coche, el borrachuzo, ni corto ni perezoso, se detiene ante el vehículo y ensaya la maniobra que el tipo A estaba a punto de llevar a cabo, esto es: tocarse los genitales con cara de lascivia. El tipo A, acaso sintiéndose felizmente identificado, acaso abominando de tan fiel e inesperado reflejo de sí mismo, no puede evitar soltar una carcajada, una carcajada que lo mismo podría achacarse a la manifiesta desfachatez de su dueño que a cierta reveladora amargura. Por suerte (o por desgracia) la escena no se prolonga demasiado: unos pocos segundos de tocamientos impuros son suficientes para que se oigan los primeros gritos procedentes del coche del desenfreno, «¡Pero será hijoputa!», «¡Déjalo, Cristian, no vayas a hacer una locura, por favor!», «¡Mira que lo reviento!», «¡Vámonos porfavortelopido vámonos!», seguidos finalmente del ronroneo de un motor que se enciende y del chirriar de unos neumáticos en el asfalto, justo cuando el coche de la perversión pone ruedas en polvorosa y se pierde calle arriba.

El borracho se queda clavado en la acera, una mano despidiendo a los amantes en fuga y la otra aún metida en la bragueta. Tras unos segundos de mutismo, eructa y vuelve a emprender la tortuosa marcha. El tipo A observa con lástima y una inquietud incomprensible cómo el borracho va alejándose. Solo entonces repara en que su mano, la suya, la del tipo A, sigue merodeando los contornos de la entrepierna, sin que haya ya nada reseñable en torno a lo que merodear. Aparta entonces la mano con rapidez, casi con asco, y se enciende otro cigarrillo. Necesita calmarse. El silencio en que la calle vuelve a sumirse, junto con la falta de cualquier otro estímulo externo, hace que el tipo A se acuerde de nuevo del matrimonio mal avenido. Hace rato que no se les oye. «Joder, ya era hora —piensa, rehaciéndose un poco de su turbación—. A ver si se han reconciliado y dejan de montar escándalo… Aunque mejor que no, porque como les haya dado por follar y tenga que pasarme la noche oyendo los jadeos de ese par de momias voy de culo…». Metafísica y delicadeza amalgamadas en una sola persona: el tipo A. Pronto las sombras de un nuevo escándalo, esta vez erótico-geriátrico-festivo, se disipan, justamente lo que tarda el señor B en salir del edificio, todo enseñeroeado él, embozado en un abrigo superlativo, como si fuese un huido de la justicia, carraspeando y fumando un habano. Parece la prueba definitiva de que, al menos por esa noche, no habrá más jarana.

Antes de retirarse a su cuarto, sin embargo, el tipo A tiene tiempo de observar cómo el bólido de la pasión sin límites vuelve al lugar del que minutos antes había partido raudo y veloz. En esta ocasión lleva la radio puesta a todo volumen, y en toda la calle, la ciudad, el país y hasta el universo entero, resuenan con tintes grotescos los acordes (por llamarlos de algún modo) de una canción cuyo estribillo dice: “Baila mi niñita sabrosona que me pones a sien, a sien, a sieeeeeeeeenn”. El tipo A teme que semejante aberración sirva de melodía para que los amantes se pongan mutuamente a «sien» antes de despedirse, creando así un concierto de sinsabores nocturnos mucho peor que el que el señor B y la señora C hubieran provocado con su coito post-cortinas-quemadas. Pero de nuevo la suerte se le pone de cara: la chica del 5ºD, claramente cohibida por la traumática experiencia de antes, sale del coche del amor frustrado con toda la velocidad que sus tacones de aguja le permiten, sacando las llaves del bolso, despidiéndose de su amado chulo de discoteca con un beso al aire, todo a una, y por último, que ya es hora, entrando en el edificio con más ruido de tacones. El tipo A comprueba entonces cómo el chulo de discoteca, tras la romántica despedida, se coloca su miembro viril en una posición apta para la conducción del coche del adiós, arranca este de nuevo y sale disparado mientras suenan los «acordes» de otra canción no menos expresiva: “Estos son mis motivos, estas son mis razones, disfrútalos mosita mientras te los comeeeeeeeess”.

Con las tripas un tanto revueltas a causa del preocupante estado de salud de la música actual, además de otras circunstancias que no sabe discernir con claridad, el tipo A finalmente regresa a su cuarto. Todo está como cuando se fue: el fantasma de su abuela no le dejó una sopa de fideos en la cama durante su ausencia. Se tumba entonces en el colchón deformado, mira la negrura del techo por un instante y, todavía sintiéndose revuelto, cierra los ojos. Nada más completada esta sucesión de actos insignificantes escucha un sollozo procedente del piso de arriba. Poco a poco el sollozo se convierte en un llanto ahogado, contenido. Parece que la señora C no encajó bien que su marido se fuese sin arreglar el asunto de las cortinas quemadas, como quizás hubiera hecho veinte años atrás. El tipo A intenta no echarle cuentas, «Después de todo, lo que menos querrá la vieja ahora es llamar la atención, de eso ya va sobrada con lo de antes». Vuelve así a cerrar los ojos y se pone a contar ovejitas, vacas, cabras y hasta ñus. Imposible. Ya tiene un corral y media sabana, y aun así no termina de conciliar el sueño. Allá arriba, entretanto, el llanto sofocado no cesa, es como un grifo que gotea. «Tu maridito no va a regresar, al menos esta noche, así que duérmete, joder», repite el tipo A una y otra vez. Pero la telepatía solo funciona en los platós oscuros de “El lado enigmático del misterio”, así que la señora C no recibe las apremiantes ondas cerebrales del tipo A y sigue dale que dale con su pena. El tipo A se pone la almohada sobre la cabeza, se retuerce, blasfema. Nada que hacer: por algún motivo, las lágrimas de su anciana vecina se le clavan como cuchillos. Hace cinco minutos la odiaba, y ahora, piensa, debería odiarla aún más, «Merece que la odien, por sus manías, por estar senil y no saber hacer otra cosa que dar por culo, por no dejarme ella y el cabrón de su marido dormir tranquilo, joder, qué le costaba prestar más atención a las putas cortinas, qué le costaba pedir perdón… Los odio, no sirven para nada, lo merecen, merecen que los odie…». El tipo A intenta reafirmarse así en su odio, una y otra vez, repitiéndose las palabras como un mantra enfermizo. Pronto su ira se hace extensible a todo el mundo: a la vecina del 5ºD, a su maromo, al borrachuzo onanista, a los músicos de hoy en día, que no saben hacer canciones de verdad, a los pasajeros del avión/OVNI, rumbo a mejores vidas que la que él disfruta, a los fabricantes de tabaco que le están procurando un enfisema de tres pares de pelotas, y a sí mismo, también, por supuesto, por creerse mejor que todos los demás y no ser más que una parodia refinada de cuanto detesta. Por no ser capaz ni siquiera de odiar con propiedad, por sentir compasión. Se odia. Y mientras se odia, el gemido sordo de la señora C, perdido en el silencio y el desamparo de la noche, le hace trizas el corazón.

No hay nada, no puede haber cosa peor que esa.        

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