Geografía del sueño

En la geografía de tu mente existe un pueblo, un pueblo en ruinas encaramado a la cumbre incierta de un alto marrón rocoso. A su alrededor no hay nada, solo cielo blanco amarillo, delimitando los contornos de las chozas derruidas, las paredes parduzcas agrietadas, las oquedades cubiertas de maleza, los tejados resquebrajados.

Se respira soledad. Soledad y olvido.

Cada noche te sumerges en este sueño. Lo sabes, lo sientes. Caminas como siempre por la senda conocida, pasos sobre pasos, dejando atrás la parte alta de la ciudad de las torres, monstruosa y metálica. Llegas a la negrura densa del sureste, donde la casa sola espera, terrible, a que su puerta sea abierta en sueños aún por soñar. Luego, a la hora en que allá afuera despunta la madrugada, llegas a la misma encrucijada, la eterna disyuntiva: si seguir avanzando, dejándote caer por la suave pendiente que desciende a las aldeas en crepúsculo, o si tomar el recodo junto al cúmulo de piedras menudas, ascendiendo por el sendero que conduce al pueblo.

El pueblo en ruinas, encaramado a la cumbre incierta del alto marrón rocoso, apenas bosquejado, apenas percibido por tus sentidos, presente siempre en la conciencia, en la geografía por trazar de tu mente dormida. Sientes su llamada, intuyes que alguna vez estuviste allí. Otras vidas, otros tiempos. Se oyen voces, murmullos. Te pones entonces en camino, empujado por una fuerza irresistible, ascendiendo por el sendero de grava, escuchas la voz confusa del viento susurrándote palabras incomprensibles al oído. No ves el pueblo, aunque sabes que está allá arriba. Te espera, desde hace siglos. Cargando penas y culpas a la espalda.

Atardece cuando alcanzas la cima. Dos casas calcinadas flanqueando la entrada. Las calles empedradas caracolean entre ruinas doradas de sol. Plantas carroñeras se retrepan por muros y despojos de piedra. En las viejas habitaciones abiertas a la intemperie se oxidan aperos y enseres, cadáveres de vigas y columnas descomponiéndose en grava que alimenta los caminos. La tarde agoniza al otro lado de los huecos de las paredes y los tejados. «Por qué vengo aquí», «quién me está esperando». Preguntas viejas que quizás no precisan respuesta, o que acaso fueron ya respondidas. No hay nadie, soledad, hace tiempo que solo habita en tu mente, olvido, donde confluyen tus penas, tus culpas, caminos por recorrer, redención, eterno retorno de lo idéntico. Lo que quiera ser que sea. Viejas sombras caminando entre los escombros, a tu lado. Sois tú y tus reflejos, como sueños inconclusos que todavía permanecen.

Atraviesas entonces el pueblo en ruinas, te fundes con tus sombras, os asomáis al borde del precipicio, allá donde cuelga la última de las chozas. Las primeras estrellas tiemblan en el horizonte, en la bóveda oscura del amplio espacio de tu mente. Abajo, el camino serpentea por tierra yerma y cuarteada, iluminado por un sol oscuro de medianoche, hasta donde la vista alcanza. «No busques más, no queda, no vive nadie aquí». Es el viento quien habla de nuevo, alto y claro, su voz apropiándose de súbito de una sombra achaparrada, materializada a trazos gruesos, mujer vieja y arrugada sentada junto a ti. Te dice que este lugar no existe más, sombra negra de luto, labios agrietados, «este lugar maldito consumido por el tiempo», dice.

Que no queda nadie aquí.

Solo ahora lo entiendes.

Existió antes. Existió más allá de la bóveda oscura, antes de que el sueño que fuiste lo recorriera con espanto, antes de que el sol que de veras calienta agostara las últimas esperanzas, el último aliento. Había una señora, una señora mayor que se sentaba en el quicio de su puerta, al borde del precipicio. Rostro cuajado de arrugas, luto. La vida se apagaba a su alrededor, pero había vida aún. Esperanza, gentes por las calles. Decían que la señora veía cosas, que sabía interpretar las señales del cielo y de la tierra.

Antes de que el tipo que fuiste lo recorriera. Antes de que el sol arrasara con todo. Vida imaginada, hace siglos. Un tipo extraño, fuera de tiempo, que caminaba entre cadáveres de edificios, paredes parduzcas agrietadas, oquedades cubiertas de maleza, tejados resquebrajados. Ese eras, ese eres y serás tú. Heraldo de muerte. La señora se despertaba a menudo, acosada por estos sueños vagos. Sentada en el quicio de su puerta, buscaba alrededor tu sombra imprecisa. Todavía adormecida, susurraba al viento una pregunta, invocándote antes de perderte para siempre, acongojada por todo cuanto tu presencia parecía anunciar.

Aquello fue hace siglos. Solo ahora lo recuerdas, solo ahora entiendes la voz del viento. Fuiste soñado por ella. Ahora sueñas su sueño, o eres su sueño soñado por otro, otro que acaso no eres más tú. Te lo ha susurrado al oído, desde el abismo del tiempo, lo susurra cada noche como una letanía en mitad del sueño, encarnada en sombra lúgubre, te advierte mientras asciendes por la pendiente de grava, y solo cuando te asomas al abismo se te revela con toda claridad. Luego, la soledad de la ruina que tú mismo anticipaste. Luego, implacable, el olvido.

Cada noche regresas a los escombros de un lugar que no existe más. Condenado a repetir los mismos pasos como si fuera la primera vez, heraldo de la destrucción, esperando a que el ciclo se complete y vuelva a comenzar.

Mañana lo habrás olvidado todo. Hoy, ayer, siempre. Será otra vez lo mismo, y seguirás solo.

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