Ana o la impostura

Semilla del mal, fruto del pecado, creciendo, creciendo dentro, haciendo cada vez más evidente la vergüenza, el arrepentimiento. La farsa. Ana nunca fue especialmente religiosa, pero es en las inflamadas jaculatorias, en los grandilocuentes y fatalistas conceptos manejados por quienes se consideran creyentes donde ahora halla reflejo para sus sentimientos. Tentación, pecado, condenación, acaso salvación, también salvación, sí, algún día, cuando termine de reconciliarse consigo misma y todo cuanto le sucede no la haga sentir como una perdida. Una palabra muy usada por su abuela. Perdida. Para ella todas aquellas mujeres que peleaban por ser mujeres, pelear, dejarse llevar, ser, eran unas perdidas. Descarriadas, frescas, golfas. Ana no quiere imaginar lo que la buena mujer pensaría si la viera a ella ahora. Puta. Adúltera. Eso como poco. O quizás sea ella, educación judeo-cristiana mediante, la que en realidad piensa eso de sí misma. Eres una puta, Ana, una guarra. Cómo se te ocurre, con el hermano de Andrés, en vuestra propia cama. No hacen falta los dedos acusadores de todos los buenos cristianos señalándola, ni el recuerdo lejano de su abuela envuelta en ropas de luto desde que tenía treinta años. Tampoco la prepotencia de los hombres para juzgarla. Ella sola se lo dice todo, lo siente ahí, en sus entrañas, revolviéndose, multiplicándose en progresión geométrica. No cabe duda. Cuando se quedó embarazada de Mónica fue igual.

Tentaron demasiado a la suerte. No fue solo ese día en casa. Aquello fue el primer polvo de muchos. Polvo, follar. A menudo se repite Ana esas palabras. Ahora más todavía. La hacen sentirse sucia, degradan cualquier sentimiento que pueda mediar, como si necesitara ponerle coto al entusiasmo, deshacer el nudo que todavía, muy a su pesar, se le forma en el estómago cada vez que tiene a Alberto delante. Espantar las mariposas, aun en el caso de que resulte ridículo para una mujer hecha y derecha como ella. Sentir mariposas, como una quinceañera. No, mejor arrasar con todo eso. Mejor asumir su debilidad, reconocer el calentón, follar, seguir follando hasta que la evidencia del tiempo perdido caiga por su propio peso. Hasta que la barriga abulte y haya que tomar una decisión. Continuar con la farsa, impostura, prudencia. Romper con todo, escapar, huir hacia delante. No hay buena solución, no hay solución de ningún tipo. De hecho, todavía no le ha dicho nada a Alberto. ¿Para qué? ¿Qué va a cambiar eso? Podría decirle que el crío es de Andrés. El propio Andrés lo creería, pese a lo poco que foll… que hacen el amor últimamente. Lo ha calculado al detalle, ha intentado que las fechas encajen, o que al menos lo hagan a ojos de su marido. No se daría cuenta, llegado el caso. Cobardía y mentira. El triunfo de la mediocridad. Alberto también se fiaría de su palabra, aunque solo fuera porque no cree que pueda haber nadie más mentiroso que él. Sería también lo más cómodo: pensar que el amor lúbrico que se dedican no pasa a mayores, cero compromisos, un mero entretenimiento, nada más que follar y follar, en ese hostal asqueroso del centro en el que se han citado un par de veces y que acentúa la vulgaridad de la situación, follar, ensuciarse, y luego, saciados los instintos, apaciguado el impulso, volver cada cual a su rutina de mierda y hacer como si nada, Alberto a su vida disoluta de crápula encantador, Ana al cuidado de la cría, de los críos, no solo Mónica, los críos en unos meses, sí, los críos, de Andrés o de Alberto, qué más da, suyos a fin de cuentas, de Ana, bendición o castigo, condena o redención. Cero de amor con independencia de quien sea el padre.

Pero había amor en los ojos. Hace tiempo, en los bailes del pueblo, cuando todavía eran unos muchachos. Andrés se la comía con los ojos: era deseo, claro, aunque entre los fulgores de la edad también se vislumbraba la semilla de un amor puro. Veneración, entrega. Soy tuyo, haz de mí lo que quieras. Eso le dijo una vez mientras bailaban un bolero, sugestionado por la catástrofe. Había vida en sus palabras, promesas. Ahora, en cambio, solo quedan restos, conformismo, acomodamiento. Un mal simulacro de lo que esa vida pudo haber sido. En los ojos de Alberto también había amor. Detrás de la sorna, disimulado por el desprecio que manaba del hecho mismo de saberse despreciado, padre, hermano, cuñada, eres un mierda, Alberto, déjanos en paz, Alberto, había amor, sí, Ana lo recuerda, evidencia o sugestión, fuera lo que fuese, había algo entre ellos, desde siempre. Solo que había que elegir, entre la comodidad o el riesgo, la sumisión o el delirio. El Bien y el Mal. Tomada la decisión no había marcha atrás. La habrían puesto de puta para arriba. Dedos cristianos señalando, mujeres de luto dándose golpes de pecho. Perdida, descarriada. ¿Cómo mantuvo la vergüenza de ilusión semejante durante tantos años? Siguiéndolo a todas partes, pero sin seguirlo; buscándolo sin encontrar, o encontrándolo sin buscar. Tira y afloja, ni contigo ni sin ti. Alberto en la distancia, aproximándose, vete, no te acerques, reuniones familiares, domingos al sol, navidades, amor fraternal, hasta que llega un día, el día en que todo se precipita, allá en la cocina, vete, repeliéndolo con el cuerpo y suplicándole con el alma, vete, ya no hay más resistencia, fin de la historia, no te vayas, nunca más, se acabó el juego, quédate aquí, aquí conmigo, sacude esta vida que no es vida, fóllame, ensúciame, al césar lo que es del césar, puta, guarra, perdida, descarriada. No habría perdón para Ana. Y en los ojos de Alberto no quedaba rastro de amor.

Aun así algo hay. Debe de haberlo. Todavía. Ana se aferra a ello, se convence, necesita creer, luego reniega, se insulta, aborrece el fruto de su vientre. Entre medias la farsa. Expiación. Y a la vez buscando, buscando amor en los ojos, buscando. Esperanza, un reflejo de su propio amor. Porque lo quiere; lo quiere a pesar de todo. Aunque la haga sentirse una puta, aunque la haga vivir en la impostura y no la agarre de la mano y se la lleve lejos, lejos de allí, a otra ciudad, a otra vida, ella y él, Ana y Alberto, juntos, juntos con la criatura, lo que sea, como y donde sea, pero que sea. Después de todo, soñar es gratis. Es la ilusión que estalla y luego se desvanece. El ciclo del desasosiego. Ana sabe, pese a todo; sabe que jamás le pedirá tal cosa. Por principios, por miedo, por decencia. Pero soñar… soñar sí está permitido. Al menos hasta que no pueda seguir ocultando su estado por más tiempo y todo se precipite, para bien o para mal. Andrés o Alberto. Oscuridad, luz. Entretanto, dos, tres tardes por semana, penumbra sórdida de hostal, sábanas con olor a lejía. Follar. Hacer el amor. Quizás. Ojalá.

En los buenos momentos, a estallidos súbitos de esperanza, Ana se pasa la mano por la barriga y sonríe, mirándose en el espejo de la habitación. En el fondo ya sabe que esa criatura es y será lo más valioso que tenga. El fruto verdadero de cierta clase de amor.

Cree que lo llamará Diego, si es que es niño.

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