Fortunata y Jacinta

«Fortunata y Jacinta», de Benito Pérez Galdós. Editorial Prometheus Classics.

Las cosas habían cambiado. Hacía tiempo que Madrid y sus demonios habían quedado atrás, y al ajetreo de soledades y miserias, de gentes, tristezas y desarraigo le había sucedido una etapa de reencuentros personales en Málaga: nuevo trabajo, vida recobrada, nuevos retos. Maite se había colado en mi vida en el momento exacto: vaivenes de fin de semana entre Málaga y Toledo, por muy paradójico que pueda resultar estando como quien dice recién llegado del centro de la península, dificultades distancia mediante, añoranzas y, para contrarrestar, mucha ilusión. Y un proyecto de vida. Cuando te vengas a Málaga… Todavía quedaba para eso, pero los planes estaban ya sobre la mesa. Fue por ello por lo que, al cumplirse los tres años de contrato del piso que alquilé al volverme de Madrid, y tras invitarme la inmobiliaria de turno a ahuecar el ala a la máxima brevedad, que no era cuestión de dejar pasar las grandes oportunidades que ofrecía el mercado de alquileres vacacionales, me decidí a buscar un piso lo suficientemente espacioso como para que cupiéramos con holgura Maite, yo y los resultados manifiestos de nuestros respectivos síndromes de Diógenes. Siempre y cuando, claro está, Maite lograra el tan ansiado concurso de traslado.

El piso en cuestión se ubicaba en Echeverría, junto al cruce de la avenida de la Purísima con Eugenio Gross. Piso viejo de cojones, de Cuéntame, pero perfecto como campamento base para iniciar nuestra nueva vida. Esa era la idea. Y para eso, a fin de cuentas, es para lo que nos sirvió una vez se consumaron nuestras expectativas. Pero eso es otra historia. Si hablo aquí y ahora de ese piso es gracias a las conexiones maravillosas que a veces se establecen en nuestra memoria, y que, en este caso en concreto, sirven para encadenar cosas a priori tan irreconciliables como el lugar en el que uno vive, un libro leído y otro que, en aquella época, estaba aún por escribir.

El libro leído no es otro que «Fortunata y Jacinta», la obra maestra de Benito Pérez Galdós. Empecé a leerlo aquel mismo verano del año 2018, poco después de mudarme al piso de Echeverría. Mi experiencia previa con Galdós se había limitado a «Misericordia», un libro que, pese a estar tan maravillosamente escrito como cualquier otro del escritor canario, no llegó a calarme profundamente. «Fortunata y Jacinta», sin embargo, fue otra historia casi desde el comienzo. Supongo que las circunstancias eran otras: es cierto que no había vuelto a leer nada de Galdós, pero a cambio me había empapado de sobra de algunas de las obras cumbres del Realismo del siglo XIX, como podían ser «Guerra y paz», «Los hermanos Karamázov» o «La Regenta», por nombrar solo algunas, de manera que aquella forma peculiar de narrar y de presentar el mundo no me resultaba ya extraña; por otra parte, y dicho desde la mayor de las modestias y el más grande de los descreimientos, en esa época me encontraba en una etapa de especial actividad creativa: hacía poco que había terminado el primer borrador de «Memorial del fin del mundo», había presentado a la primera edición del concurso de narrativa Alcobendas «Juan Goytisolo» una novela que había escrito hacía un par de años (una novela negra bastante peculiar de la que espero poder hablar más algún día) y me hallaba en pleno proceso de redacción de un volumen de relatos que todavía me llevaría unos cuantos meses terminar. Lo que quiero decir con esto es que cualquier libro que por entonces caía en mis manos (y es cierto que procuraba que cayeran los mejores) era sometido por mi parte a un análisis meticuloso tanto de estilo como de lo que podríamos llamar recursos literarios, con el único fin de aprender y de aplicar lo aprendido (mejor o peor) a todo cuanto escribía. Empresa complicada, especialmente si tomaba como referencia a maestros como Galdós, Tólstoi o Dostoievski. Pero en fin, el caso era intentarlo. Todavía me recuerdo algunas mañanas de fin de semana, desayunando en La Almedina antes de irme a la playa y conversando por WhatsApp con Maite (todavía en Toledo) acerca del libro. Fue ella quien me lo recomendó y me convenció de que lo leyera, segura de que me iba a encantar. Y no se equivocaba: el libro no podía estar gustándome más.

Sería un ejercicio pueril pretender aquí descubrir los logros y virtudes de Galdós como escritor y de «Fortunata y Jacinta» como obra capital de nuestra literatura. Además que, pese a todos mis modestos análisis e intentos de aprendizaje, no podría esgrimir acertada o académicamente ninguno en particular. Quien ya esté familiarizado con estas seudo-reseñas literarias sabrá de lo que hablo. No quiero, sin embargo, dejar escapar la ocasión de subrayar un aspecto de este tipo de literatura que ya comenté en anteriores reseñas de obras enmarcadas en el Realismo: esa espectacular recreación que del mundo se hace, una recreación total, un retrato hiperrealista de la sociedad de la época en el que no se escatiman medios para dar cuenta de todos y cada uno de los aspectos esenciales que respaldan, complementan y contextualizan la historia que se cuenta. En «Fortunata y Jacinta», el bueno de don Benito toma partido por la calma, por un relato gustoso y sosegado, ajeno probablemente a imposiciones comerciales. Lo mismo se demora páginas y páginas poniéndonos al tanto de la historia de los bordadores de Madrid que nos detalla con pelos y señales el viaje de novios de Juanito Santa Cruz y Jacinta, o se detiene en los usos y costumbres de los conventos de la época. Cada personaje, ya sea principal o secundario, ya hablemos de Fortunata o de Maxi, de Guillermina Pacheco o de Mauricia la Dura, es retratado con maestría y profundidad incomparables, no siendo posible que se nos escape, por muchas líneas que Galdós tenga que invertir para ello, ningún rasgo esencial de sus respectivas personalidades, causas y azares. Lo mismo ocurre con el contexto: ese Madrid castizo y degradado, poblado por personajes de toda calaña; ese siglo que se deslizaba amenazador, calamitoso para el país, hacia las bases de la presente mediocridad; el juego de apariencias e hipocresía de los miembros bien pensantes de la sociedad, empeñados en disimular vergüenzas aun a ojos de sus más desvergonzados representantes, y según el cual parece ser idéntico motivo de contrición la incapacidad para concebir un hijo, el adulterio más desfachatado o la sumisión incondicional a los pies del ser amado. Cada personaje, a su manera, tiene pecados que ocultar, sentimientos de los que avergonzarse, no dejando de resultar paradójico que sean precisamente los más amorales (el señorito Santa Cruz, la insolente Fortunata) quienes menos se cuiden de mostrar arrepentimiento por sus actos, quizás por aglutinar lo que Galdós consideraría como la esencia más pura y verdadera del ser humano, o quizás por ser los únicos que, tras intentar combatirla en vano, finalmente están dispuestos a asumir su propia naturaleza sin rubor. Sea como sea, lo que Galdós logra plasmar en esta obra, tan solo comparable a otras pocas novelas escritas a lo largo de la historia, es la vida misma, la vida desde todos los ángulos. Un monumento erigido desde las palabras.

Hasta aquí, dos de las variables de esa inopinada conexión establecida por la memoria (el lugar en el que uno vive, un libro leído y otro que, en aquella época, estaba aún por escribir). Cada vez que recuerdo «Fortunata y Jacinta» me viene a la cabeza el viejo barrio en el que Maite y yo empezamos a dar los primeros pasos de nuestra vida en común. Ese barrio que, a su vez (y he aquí la última de las variables de la ecuación), quise dejar plasmado en «Las causas esenciales», una novela que no empezaría a escribir hasta pasado un año y en la que quise poner en práctica (mejor, peor o regular) los principios narrativos y formales planteados por Galdós en «Fortunata y Jacinta»: la calma, el gusto por narrar, sin prisas, sin escatimar detalles, aunque esos detalles nos aparten momentáneamente de la trama principal, quizás por ser la trama principal lo de menos y lo más importante, en definitiva, el mundo edificado en torno a esa trama. Me ruboriza reconocer tales conexiones, por lo mucho que obviamente tengo que perder en lo que a comparaciones se refiere, pero también considero a su manera hermoso el intrincado aparato mental que, de forma más o menos natural, a veces nos conduce a asociaciones tan inesperadas como planceteras para el recuerdo. El barrio de Echeverría, con sus altos edificios blancos y pardos, la plaza Vasconia con sus coches aparcados en doble y triple fila, el sol reflejándose en los árboles de la avenida de la Purísima, Maite y yo comenzando a vivir, todo ello inmortalizado en una novela, «Las causas esenciales», que habla de una época que ya no vuelve más, que forma parte intrínseca de mi vida y de mi formación y que jamás habría salido adelante sin la enseñanza imperecedera de don Benito Pérez Galdós y su «Fortunata y Jacinta».

Pocas veces vida y literatura se habían entreverado de semejante modo. Definitivamente, es hermoso.

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