Esteban y la soledad

Sí, Emilia, sí… Los chicos como de costumbre. ¿Qué vamos a esperar de ellos a estas alturas? Uno enfrascado en sus cosas de ordenadores, y el otro pues con sus agobios: que si el dinero no le llega a fin de mes, que no le da la vida… ¡Todo son contratiempos! Y si todo se redujera al dinero pues ni tan mal. Pero no: el problema va más allá de eso. Mira si no la última vez que estuvo aquí con Ana y los críos. ¡Un desastre! Se notaba a la legua que no estaban bien. Como matrimonio; Ana y él, digo… Llevaban ya un tiempo así, es verdad, pero al menos en público se cortaban un poco, procuraban mantener las apariencias y esas cosas. En cambio esta última vez ni eso. ¡Si hasta hicieron llorar a la cría con los gritos! Yo se lo dije, le dije: «Mira, Andrés: si tenéis problemas, que a la vista está que los tenéis, no vengas aquí al pueblo a amargarnos a los demás con ellos. Yo soy tu padre, te quiero y te escucho todo lo que haga falta, pero en mi casa no consiento que se monten escenitas como la que tú y Ana habéis montado hace un momento, y menos delante de los chiquillos». Todo eso le dije, Emilia. ¡Y más que le tendría que haber dicho! Para empezar que procurase domar a su mujer, no fuera a ser que se le subiera a la chepa otra vez delante de quien no debía… ¿Habrá habido cosa igual? En nuestra época las cosas eran muy distintas. Una mujer le guardaba a su marido el debido respeto, callaba y obedecía. ¡Dicho en el buen sentido, por supuesto! Tú misma… Quiero decir: a ti jamás se te ocurrió levantarme la voz, y mucho menos delante de la gente. Otra cosa era en casa, de puertas para adentro. Discutir pues discutíamos lo nuestro, no vamos a negarlo a estas alturas. ¡Y total para nada, porque casi siempre, aunque me duela admitirlo, acababas llevándote tú el gato al agua! Discutíamos, sí, pero siempre desde el respeto. El respeto es lo más importante en un matrimonio: si cada cual no se hace respetar en su parcela, entonces apaga y vámonos. Y a Andrés, por mucho que sea nuestro hijo, la situación se le ha ido de las manos. No hay más que verlo. Ana le falta el respeto continuamente, y él se lo permite. Mónica empieza a darse cuenta de las cosas, que ya no es tan niña, y Diego… bueno, todavía es pequeño, pero de aquí a poco, de seguir así las cosas, empezará a ver a su padre de otro modo… No sé si me entiendes. Mira a Mónica, por ejemplo. Hasta no hace mucho bebía los vientos por su padre, sentía verdadera debilidad por él. Tú seguramente te acordarás tan bien como yo, ¿verdad? Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. Se nota, te digo yo que se nota. La niña (que insisto: ya no es tan niña) lo mira de otra manera, lo mira mal, con asco incluso, con rencor, como si en cierto modo sintiera que su padre, ese al que admiraba tanto, ese referente… no sé, inquebrantable, por llamarlo de algún modo, la ha defraudado. Pues eso, eso mismo, también le pasará a Diego, te lo voy avanzando. Es lo que ocurre cuando no te haces respetar. A Andrés jamás se le dio bien eso.

No, Emilia, no me malinterpretes. No me estaba refiriendo a la relación de Andrés con su hermano, aunque bien pensado… Es verdad que de pequeños, y también de mayores, cuando todavía vivían aquí en el pueblo, antes de marcharse a la Urbe a buscarse la vida, cada cual a lo suyo, es verdad, digo, que estaban siempre a la gresca. Había un problema evidente de respeto, aunque no queríamos verlo. Alberto, que siempre fue un cabrón redomado, un tipo que sabía disimular su malicia como pocos, lo mismo jugando a hacerse el simpático que dándoselas de canalla inofensivo, Alberto, tu Alberto, se reía de su hermano como le daba la gana. A nosotros nos hacía gracia, claro, porque es verdad que el condenado la tenía, pero a Andrés, evidentemente, todo aquello le sentaba como una patada en los cojones. ¿Cómo le iba a sentar, si Alberto lo humillaba incluso delante de Ana? No, Emilia… El hecho de no saber hacerse respetar no quiere decir que no se pueda tener orgullo. Andrés fue siempre orgulloso. Mucho. Por eso creo que, en general, y pensándolo bien, ha debido de pasarlo muy mal. Y lo seguirá pasando, seguramente. Ese conflicto interno suyo, ese orgullo no correspondido… lo ha tenido que devorar por dentro, poco a poco. Que a Alberto le haya ido tan bien con lo de los ordenadores no habrá ayudado un carajo, claro. Toda una vida de mofas, toda una vida sintiéndose el foco de las burlas de su hermano, el bala perdida de su hermano, el crápula entrañable (que digo yo que al menos pensaría que el tiempo acabaría poniendo a cada uno en su lugar, ¿no?), toda una vida así, digo, esperando resarcirse, ¿y total para qué? Para al final ver al bala perdida de su hermano hacerse de oro con los programitas informáticos, mientras a él le tocaba malvivir al frente de la pescadería. ¡Eso sí: todo muy honrado y muy sacrificado! Pues ¿cómo iba a sentirse? Como una mierda. Y aun así, cada vez que hablo con Andrés, lo mismo que con Alberto, como buen padre que me las doy de ser, les insisto en la necesidad de quererse y ayudarse y preocuparse el uno del otro. ¿Que iba a hacer si no? Es la venda que nos ciega, la misma que a veces hace que los padres nos olvidemos de que nuestros hijos son seres humanos. Sí, Emilia. Nos empeñamos en imaginar en ellos los sentimientos más nobles, las actitudes más dignas de alabanza, que le pongan una sonrisa a la vida cuando esta lo único que sabe hacer es darnos de hostias, todo lo que tú quieras, y no caemos en la cuenta de que por dentro les corren las mismas miserias que al resto, y que, miserables como son, de ellos solo cabe esperar lo peor. Yo hace ya mucho tiempo que lo aprendí. Tú, sin embargo… Siempre tuviste fe ciega en tus dos niños. Demasiada fe, quizás porque tu fe en la humanidad era también muy fuerte, ¿verdad?

No sé, Emilia. Si te soy sincero, a veces me habría gustado ser como tú. Guardar un poquito de esperanza, creer en todas esas cosas buenas que tú me decías que había en el fondo de las personas (en el corazoncito, decías). Andrés era un pedazo de pan, algo durillo, claro, pero entregado como el que más a los demás; Alberto, un cabra loca, cierto, según tú tan tarambana como buena persona, siempre al quite para arrancar una sonrisa a tiempo. ¡Ay, tus niños…! Incluso cuando se largaron y nos dejaron aquí solos seguías creyendo en ellos. Incluso cuando pasaban meses sin que vinieran a vernos. Vivías pendiente del teléfono. Los cinco minutos de llamada diaria te daban alas: te brillaban los ojitos, te volvía la sonrisa. Luego, durante la enfermedad, incluso en las horas más bajas, tu esperanza permaneció intacta. Al menos los chicos se dejaban caer más por aquí. Tú hacías todo… todo lo posible por que te vieran bien, tan bonita incluso estando tan desvalida… Todavía tenías buenas palabras para ellos cuando volvían a marcharse en lo peor. Todavía… Pero yo no, Emilia. Lo siento, pero yo no puedo. Yo… soy humano también, ¿sabes?, y no puedo evitar tener la misma basura por dentro. No puedo… Con lo que tú me insistías para que cambiara, ¿te acuerdas? Que era por mi bien, decías, que la mala baba agria los corazoncitos. Y ahora… bueno, ya ves en lo que me he convertido: quiero a mis hijos, pero no los tengo en muy buena consideración, más o menos lo mismo que me pasa con el resto del mundo, que total, si algún día revienta tampoco es que me vaya a importar mucho… Supongo que lo que pasa es que me he convertido en un viejo amargado, Emilia, un viejo amargado e inútil, con las ideas completamente podridas. No me siento orgulloso de ello, te lo aseguro. De pensar, de ser así, digo. Quizás es que me voy volviendo menos humano con el tiempo, o quizás, como te decía antes, es justo lo contrario. Lo que es seguro es que ha sido así desde que tú te fuiste. Desde que te fuiste, que todo se echó a perder. El mundo, las personas, nuestros hijos, yo mismo. Será que esta soledad me puede. Será eso, sí… Mientras, allá fuera, el mundo sigue su curso, y a los que seguimos aquí, en este rincón dejado de la mano de Dios, no nos queda otra que seguir viviendo, mejor o peor, bien o mal, como de costumbre.

Qué remedio, ¿verdad, vida mía? Qué remedio…

5 comentarios en “Esteban y la soledad

  1. ¡¡Pobre Esteban!! Cargando su soledad y rumiando sus tristezas. ¡Como la vida misma! Excelente relato que nos transmite esa tristeza de años que van pasando y dejándonos aislados, cada cual en su mundo. Saludos Juan Manuel.

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