Perla

Caminaba por las calles encogida, como huyendo de un frío persistente. Era madrugada y era siempre sola. Bajo los pliegues del abrigo el cuerpo marchito de Perla se estremecía a latigazos repentinos, de rabia, de pena, de nostalgia. De buenos tiempos, de noches de gloria. Ahora era distinto, ahora cantaba nada más que a la luz anaranjada de las tabernas del puerto, humo y alcohol, el coro de borrachos balanceándose al compás de su voz rota, cogidos del hombro, impúdicos y a la vez fraternales. Pero ¿cómo olvidar lo otro? ¿Cómo no recordarlo, por mucho que, como ella decía a quien la quisiera escuchar, hubiese mediado una «renuncia voluntaria»? Secuencias en blanco y negro de una vida pasada, archivos de plenitud. A veces la gente todavía la reconocía: se cruzaban con su cuerpo marchito embutido en el abrigo, reparaban en su rostro cuarteado, iban a decirle algo, iban a acercarse, pero ella proseguía como si nada, esquiva. Detestaba la compasión. Antes, al menos, había algo más: había admiración, curiosidad, deseo, impulsos, intereses más o menos respetables, mejores, en cualquier caso, que esa compasión asquerosa. Limosna… ¿Quién quería limosna? Ella jamás la necesitó. Su caída en desgracia, de los focos a la luz exigua de las tabernas, de artistas y modelos al coro de borrachos tristes, fue más o menos elegida, la consecuencia lógica de los excesos, excesos nunca impuestos por la flaqueza, sino más bien aceptados libremente, como quien acepta su propia naturaleza como algo indiscutible, algo contra lo que no se puede ir en modo alguno. La gente, el público, sin embargo, no lo entendió así. No lo entendimos. «Pobre mujer fracasada, qué pena, qué lástima. Reconfortémosla por lo menos, acerquémonos a rendirle admiración postrera para que la pobre no se sienta tan mal, para que no escape sola en la madrugada por las calles de la ciudad, huyendo del frío persistente, del espectro lamentable de lo que fue una vez…». Eso creíamos. Así la atosigábamos. Solo los borrachos, con esa mezcla grotesca de respeto y lascivia, seguían admirándola de veras. Solo ellos.

Quizás fuimos nosotros, el público, las circunstancias, los que cambiamos. No ella. No Perla. Ella siguió fiel a sí misma hasta el final. Lo que siempre llamó su «renuncia voluntaria» no fue sino la excusa, el fruto de la levedad, la levedad de una época que poco a poco fue escapándosele entre los dedos, que fue cambiando de contexto, de color, de querencias, dejando a Perla sola, anclada en su naturaleza, esa naturaleza orgullosa que, una vez extinguida la época que conoció sus triunfos, dejó de tener razón de ser. Sí, no fue ella la que cambió. Ese fue su principal problema. Soberbia y hasta cierto punto resuelta, Perla prefirió conocer las catacumbas del olvido a seguir peleando por el reconocimiento de un mundo que, no siendo nunca más el mismo, le negaba el mero acto de seguir respirando. Desecho del pasado, fulgor perecedero. «Así es la fama», solía decir a menudo Perla en su defensa, la ceja escéptica arrugando su frente empolvada mientras mostraba una hilera de dientes desparejos y amarillentos a modo de sonrisa. Baby Jane, Norma Desmond, Carmeta. Aparentaba no echar en falta las mieles del éxito, estar conforme con su vida de tinieblas, de taberna en taberna, de brazos en brazos, de borrachera en resaca, y vuelta a empezar. La evolución había elegido por ella, la había transformado en una especie rara a pique de extinguirse.

Perla, desde luego, no ignoraba tales principios: «Me extinguiré, sí, pero haré algo de ruido», dicen que decía en ocasiones, consciente de su situación. Una letanía casi siempre carente de sentido, espoleada por el delirio alcohólico. «Me extinguiré, pero con ruido». También me lo dijo a mí, por supuesto, lo repitió varias veces aquella madrugada que me la encontré tirada en un portal, poco antes del fatal desenlace. Había bebido incluso más de lo que para ella venía siendo habitual; el aliento pastoso, cada vez que abría la boca y sacaba a pasear los dientes torcidos y amarillos, le olía a tabaco y alcohol, y el cuerpecillo menudo era poco más que un suspiro de huesos y pellejo, temblando bajo mis manos mientras la ayudaba a ponerse en pie. «Me extinguiré —recuerdo que seguía repitiendo entretanto, y después, cuando logró mantener el equilibrio sin derrumbarse—, me extinguiré, sí, porque todos vosotros habéis decidido que sea así: sola, acabada… ¿No es verdad? Y si es posible, mejor en silencio, sin molestar. Así es como queréis que me vaya, pero no os daré ese gusto. ¡Claro que no! Os acordaréis de Perla, ¡desde luego!». Era imposible mirarla y no sentir compasión, esa lástima que ella tanto odiaba. Bajo el maquillaje corrido, bajo las arrugas que cuarteaban el rostro, todavía se intuía cierta belleza echada a perder (la sociedad, recuerdo que pensé, no sabría decir muy bien por qué, es a veces cruel con sus criaturas). No tardó sin embargo Perla, pese a su borrachera, en percatarse de mi compasión, tras lo cual empezó a revolverse dando manotazos al aire, espantando lo mismo sus fantasmas recurrentes que mi repugnante lástima. Estuvo varios segundos así, hasta que finalmente se encaró conmigo, el gesto contraído en una mueca de desprecio: «¡Os acordaréis de Perla toda vuestra puta vida!», amenazó, y luego, olvidándose al instante de mí, siguió caminando calle abajo, enfrascada en un monólogo ininteligible que a ratos alternaba con pedazos de viejas canciones.

Fue la última vez que la vi, la última antes de su gran actuación final.

Ciertamente, la sociedad arrincona a sus criaturas. Las usa, las explota, abusa, exprime, y luego, cuando ya no sirven, las desecha y les pide amablemente que no regresen más del olvido, que se vayan yendo en silencio y en silencio desaparezcan, desaparezcan para siempre. Tras años habitando el lado oscuro, Perla sabía perfectamente cuál era su destino, lo acataba a ratos y a ratos se rebelaba. Momentos de gloria, canto del cisne, tristes recitales al calor del reducido público de las tabernas. El día que Perla murió, tal y como había amenazado cuando nos encontramos, quiso dejar su impronta en ese mundo que ya no tenía hueco para ella, quiso señalarlo para siempre para que nunca nadie la olvidara, como una cicatriz incómoda que nos recuerda cierto doloroso pasado. Habría preferido seguramente ofrecer su última actuación bajo la luz de los focos, delante de las cámaras, como antaño, pero aquello, por desgracia, estaba ya fuera de su alcance, y Perla lo sabía. Fue así como cierto día, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, Perla se vistió con sus mejores galas y salió a la calle a media tarde, para encontrarse con todos nosotros, su público extraviado, para sentirse de nuevo centro de las miradas, miradas de todo tipo, miradas estupefactas, miradas asombradas, por desgracia también miradas de compasión, miradas de desconcierto, aunque también miradas de admiración, miradas alegres, miradas todas para Perla, y caminando divina por las calles del centro, tras dedicar besos y sonrisas y entonar algunas de sus canciones más famosas, boleros, cuplés, voz de terciopelo rasgada, voz de aguardiente, móviles en vez de cámaras, se detuvo en medio de la plaza más concurrida, seguida ya por una muchedumbre expectante, dio entonces las gracias, hizo varias reverencias, a un lado, al otro, hasta siempre, gracias por todo querido público, gracias y adiós, sacó un revólver y, sin más ni más, se voló la tapa de los sesos ante el gentío que la aplaudía.

Un solo disparo.

Sangre, un grito, y luego el silencio. O la gloria. Eternidad.

Al final Perla tenía razón en lo que me dijo aquella última madrugada. El público jamás la olvidaría.

6 comentarios en “Perla

  1. Pingback: Perla — De literatura y otras palabras – Eugenia Oslo

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