La ciudad y los perros

«La ciudad y los perros», de Mario Vargas Llosa. Edición conmemorativa, Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española.

Hay algunos libros que tienen la extraña capacidad de transportarte a lugares en los que nunca has estado. Es un tópico gigantesco del que los amantes de la literatura frecuentemente se empachan, y que pierde sentido a medida que uno va envejeciendo y la imaginación se hace más pequeña: no es lo mismo el poder evocador que libros como «Robinson Crusoe», el primer libro que leí en mi vida, o «El sueño de los héroes», leído en las postrimerías de mi adolescencia, ejercieron sobre mí que el de otras obras leídas en plena edad adulta. Y eso que siempre me he considerado un tipo con gran capacidad para abstraerse y dejarse llevar. Sin embargo, lo que perdura más en mí a largo plazo, y de ahí estos «Extractos de Biblioteca» que de cuando en cuando publico, es el recuerdo de ciertas vivencias que la memoria caprichosa da en vincular a algunos libros. Recordar, sí, pero recordar algo experimentado de veras, algo vivido. Nadie puede recordar La Habana o Buenos Aires si nunca ha estado allí. El encanto, esa sensación de haber sido transportado a lomos de un libro a lugares recónditos y desconocidos, dura lo que dura, apenas unos meses, o quizás más dependiendo del poder de sugestión del libro en cuestión, pero tarde o temprano desaparece, y entonces no queda recuerdo de La Habana, Buenos Aires… o Lima.

Será que no hace tanto que me leí el libro que aquí nos ocupa, «La ciudad y los perros». O será que ese poder de sugestión, la magia de las palabras puestas en el papel por Vargas Llosa, es de una efectividad tal que todavía me posee la estúpida sensación de creer conocer Lima, de haberme perdido por sus calles y paseos con El Poeta y, sobre todo, El Jaguar, sin duda el indiscutible protagonista de la novela. Obviamente, Lima, «La ciudad», debía quedar bien retratada si quería emplearse, como es la intención del autor, a modo de contrapunto más o menos amable, más o menos cruel, de ese otro mundo, el del colegio militar Leoncio Prado, regido por normas y códigos bien distintos de los que imperan afuera. «Los perros», ese grupo de cadetes que se entremezclan y relacionan de forma cruel, tan prestos a la camaradería como al odio, aprenden entre las paredes del colegio a alienarse como toda buena sociedad manda, en tanto todavía son capaces de desplegar ciertos ramalazos de humanidad, de pura e intransferible condición humana, en sus frecuentes incursiones en «La ciudad». Este hecho, desde mi punto de vista, queda maravillosamente plasmado en ese narrador de identidad incierta cuya voz en primera persona se une a lo largo de la novela a otras voces no menos poderosas (los flujos de conciencia de El Boa, por ejemplo, o los monólogos interiores de El Esclavo), un narrador que, aun carente de identidad clara hasta las últimas páginas, testifica y reivindica esa condición humana de la que los cadetes son desprovistos no bien vuelven a poner un pie en el colegio.

La ciudad, por tanto, cumple un papel importante. Y es tan sutil y a la vez tan poderosa la manera en que Vargas Llosa la introduce en la novela, que realmente queda su impronta marcada en la memoria casi como si uno hubiese estado alguna vez en Lima, como un viaje de esos de dos días cuyas imágenes van poco a poco atenuándose en nuestra conciencia. Algo similar podría decirse del ambiente académico descrito por el autor, así como de los rasgos de personalidad de cada uno de los personajes, desde los bien sabidos Poeta y Jaguar, hasta el propio teniente Gamboa. La descripción de los ambientes, sí, la psicología de los personajes, la trama, todo está narrado de tal modo, las palabras tan sabiamente escogidas, que es imposible que la no menos sabia combinación de cada uno de estos factores no deje una huella difícil de olvidar. «La ciudad y los perros» es, para mí, una auténtica obra maestra, una joya que no puedo dejar de recomendar. Y lo es, entre otras cosas, y al margen de la riqueza de recursos estilísticos empleados (heredados algunos de ellos de Faulkner, pero para bien), por el milagroso conjunto resultante, en el que ni la ciudad es protagonista absoluta, ni ninguno de los perros es más que el otro, y ni siquiera el crimen perpetrado, que, curiosamente, sirve como detonante, no de la novela en sí, sino de su conclusión, puede identificarse en modo alguno como el clímax. Nada destaca por encima de cualquier otra cosa, pero todo contribuye y brilla. Ese es el milagro.

A la altura de «Conversación en la catedral», o quizás un peldaño por encima, «La ciudad y los perros» no fue nunca una novela que me atrayese mucho leer. Gracias a las ediciones conmemorativas de la RAE pude al fin acercarme a ella y descubrirla como bien merecía. Desde entonces llevo a Lima en la memoria, como un perro que recorriera sus calles en pos de la dignidad de seguir sintiéndose humano antes de sucumbir a los designios de la sociedad. Sé que con el tiempo el falso recuerdo se esfumará, y solo quedará entonces el recuerdo real: la luz del sol entrando por el ventanal del piso de Echeverría, el salón de baldosas horribles que jamás volveremos a pisar, Maite leyendo a mi lado. Vida tranquila, vida adulta afortunadamente cómoda. Son cosas que también se agradecen, cosas necesarias que la memoria siempre sitúa en el lugar que corresponde. Quizás algún día, por qué no, podamos completar el recuerdo y nos escapemos al otro lado del charco, de viaje al centro de nuestros viajes imaginados.

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