Don Juan Tenorio

«Don Juan Tenorio», de José Zorrilla. Edición de Dámaso Chicharro, Librería Ágora S.A.

Fueron dos libros, impuestos a modo de bienvenida. «Don Juan Tenorio» y «Antología de la poesía flamenca». Dispares cuando menos. Don Antonio del Pozo, pese a todo, tenía el don de conectar con los alumnos: perseguido ávidamente por los ojos de los chavales, caminaba arriba y abajo entre los pupitres de la atestada clase de primero de BUP, lo mismo explicando lexemas y morfemas que contándonos una historia de terror con las persianas bajadas, buscando inspirarnos para nuestro próximo cuento. Cada semana, redacción nueva. Textos periodísticos, cuentos de miedo, retratos, semblanzas de antiguos profesores, como si tuviésemos edad suficiente para considerar «antiguo» algo en nuestros vidas… Aquellas redacciones fueron mis primeros escritos. Los primeros de verdad. Yo estaba en mitad de uno de esos cambios traumáticos que acontecen de cuando en cuando: había pasado de un colegio en el que éramos tan solo tres alumnos en octavo de EGB a un instituto, el mismo en el que habían estudiado mis dos hermanos, en donde la media de alumnos por clase superaba la treintena. Se entenderá por tanto que me pareciese que mi clase de primero estaba «atestada». El caso es que mi nueva situación, solo en mitad de las fieras, mundo hostil al margen de esa zona de confort en la que se había venido desarrollando mi vida hasta entonces, pudo influir en la particular sensibilidad que desarrollé durante ese período. Mis redacciones empezaron a ser del gusto de don Antonio; prácticamente todas las semanas me tocaba leer delante de la clase o entregar mi trabajo entre los de unos pocos escogidos. Jamás bajé del nueve. Supongo que era el pez que se mordía la cola: la confianza inesperada de don Antonio en mis dotes literarias (también inesperadas) serviría seguramente de acicate para superarme a mí mismo e intentar ir siempre un poquito más allá. Sin esa confianza, es probable que nunca me hubiera animado a seguir escribiendo, más allá de aquellas redacciones semanales de la clase de Lengua. Para que luego digan que los profesores no son capaces de dejar huella.

Y eso que, insisto, los libros que don Antonio nos mandó leer no eran demasiado estimulantes a priori. «Don Juan Tenorio». No es verdad, ángel de amor, blablablá. Era lo único que sabía de aquel libro, lo más trillado. Encima obra de teatro. Bueno, al menos se leería más rápido. Fue mi madre la que me sacó del error. Miedo, fantasmas golpeando a la puerta, estatuas que cobraban vida. De eso no hablaban normalmente. «Cuando yo era pequeña, mi tía me llevó una vez al teatro a ver una representación del Tenorio la víspera de Todos los Santos. ¡Qué miedo pasé cuando el Comendador se puso a dar golpes en la puerta!». También me contó que solían echarla por la tele. Lo que venía siendo una tradición. Yo no tenía ni idea, claro: el Día de Todos los Santos se había caracterizado hasta entonces por ser un día en el que no había que ir a clase, un día que la gente aprovechaba para ir al cementerio a ponerles flores a sus seres queridos. Por suerte, Halloween no era todavía lo que es hoy en día, pero la tradición del Tenorio empezaba ya a decaer. O eso me dijo mi madre. A decaer como tantas otras cosas. Una imagen trasnochada en blanco y negro, una niña atemorizada tapándose los ojos con sus manitas pequeñas mientras el fantasma del Comendador pretendía llevarse a don Juan a los infiernos, el frío de noviembre corriendo por las calles, huesos de santo, el humo de los puestos de castañas, las noches largas a la luz de una vela, la capacidad de seguir sorprendiéndonos. Son imágenes que todavía hoy acuden a mi mente como reflejos de vidas anteriores, estampas costumbristas de una época que ya no vuelve más, cuando el Día de Todos los Santos seguía siendo el Día de Todos los Santos, y Halloween no era más que una horterada de la que nos creíamos exentos, tan inmunes como pensábamos que éramos al influjo yanqui.

Es «Don Juan Tenorio» una de esas obras que se dejan leer con más facilidad de la que podría esperarse. En ese sentido, don Antonio no erró el paso. Por supuesto, el libro rebosa romanticismo por los cuatro costados, entendido en su sentido más amplio y literario, no solo en el amoroso. No podía ser de otro modo tratándose de una obra publicada a mediados del siglo XIX. Así, a las pasiones exacerbadas, a los sentimientos inflamados y las lacerantes culpas, a la rivalidad entre machos alfa y a las imposiciones del honor y la honra, hay que unir también la presencia de lo sobrenatural, predominante a lo largo de la segunda parte, lo religioso (eso que no falte nunca) y lo lúgubre, rasgos igualmente definitorios de lo que debía ser una obra romántica. Los personajes, por supuesto, se presentan debidamente polarizados: don Juan es el extremo del vicio y la corrupción, en tanto doña Inés es el paradigma de la virtud. Aun así, para un chiquillo de apenas catorce años no dejaba de resultar curioso descubrir cómo el detonante de tan socorrido ejemplo de amor apasionado era en realidad una apuesta entre gallitos por ver cuál de los dos se metía en el bolsillo a más damiselas. Curioso e incluso transgresor: transgresor para la época, y en especial para un clásico como es el Tenorio… Transgresor, sí; e incluso grotesco. Por aquel entonces, sin embargo, yo no tenía manera de saber que es precisamente esa transgresión la base de muchas grandes obras de la historia de la literatura, de la misma manera que la literatura, más que idealizado reflejo del mundo que nos rodea, representa el descarnado retrato de esa misma realidad. Miserias elevadas a la categoría de arte, pero miserias a fin de cuentas. ¿No es verdad, ángel de amor? O, como se dice en una de las más famosas escenas: Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí… Pues así hace, también, la literatura. Porque no todo son palacios y altas pasiones, por mucho que las tendencias e imposiciones de la época hubieran de sugerir un final pleno de redención y amor del bueno. También hay cabañas a las que bajar, virtud que escarnecer, justicia que burlar, mujeres que vender. En definitiva, memoria amarga que dejar. El Tenorio, a su manera, sirvió para abrir mis ojos adolescentes a esa realidad inherente a la literatura, tan verde como estaba todavía en tales asuntos.

Fue sin embargo su capacidad para trascender lo que más me llamó la atención de este «Don Juan Tenorio». Su calado popular. Durante años deseé poder asistir a una representación, por supuesto en la víspera de Todos los Santos, como estaba mandado. Quería participar de esa tradición maravillosa que, como tantas otras, parecía estar abocada a perderse, recuperar los sabores de otro tiempo y, en la medida de lo posible, confirmar que esos sabores tenían el mismo gusto que yo había imaginado. Por fortuna descubrí que en algunas partes, como en Alcalá de Henares, seguía respetándose el clásico y sus fechas. Más de una vez, durante mi estancia en Madrid, estuve tentado de acercarme a verla, pero la soledad, como de costumbre, ejercía de lastre demasiado pesado. No fue hasta que regresé a Málaga, y gracias a la complicidad de alguien tan romántico como Maite (en todos los sentidos de la palabra), que nos animamos a asistir a una representación a cargo de la Escuela de Arte Dramático, meses antes de que empezara la pandemia. La experiencia fue espléndida; los sabores, comparables al recuerdo de algo que jamás pude conocer de primera mano. Nos guardamos la experiencia de repetir en Alcalá de Henares para un futuro no muy lejano. Sea como sea, me gusta pensar que, entre tanto Halloween y tanta desvirtuación de sentimientos tan profundos y maravillosos como el propio miedo (miedo a lo desconocido, miedo a lo sobrenatural), el chaval que un día fui, ese que leía con sorpresa y creciente gusto las vicisitudes de don Juan por sabio imperativo de don Antonio, estaría satisfecho de ver cómo el adulto que soy sigue guardándole infinito respeto a las mismas cosas que él veneraba.

Muchas cosas empezaron en paralelo a la lectura de este Tenorio.

Gracias a don Antonio, por la parte que le toca.

2 comentarios en “Don Juan Tenorio

  1. Es verdad. No le veo el qué a la importación de una celebración extranjera (u horterada como muy bien dices) que no tiene nada que ver con nuestra cultura. Aquí, en Catalunya, el 31 de octubre siempre se celebró «la castañada», es decir reunirse la familia a degustar castañas y así dar la bienvenida al otoño. Ahora ya no se estila, ahora se estilan fiestas yanquis, de la misma manera que, salvo los anuncios del Ayuntamiento, cuando sales a la calle todo lo que lees está en (mal) inglés. Bueno, a lo que iba, hermosa tu reseña del Don Juan.

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    • Muchas gracias por tu comentario Ana. Estoy de acuerdo contigo, es una pena que tradiciones como la que describes se vayan perdiendo poco a poco. Además es muy curioso: se nos llena la boca criticando a los americanos y su modo de vida y lo único que hacemos es copiarlos…

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