Pequeños placeres viejos

A eso de las once y media de la mañana, Alberto Tomás, figura hierática, pelo y labios grises, ojos líquidos, sale de la inmensa mole parduzca del centro de especialidades de la Seguridad Social y pone rumbo a casa. Camina despacio, sin demasiada prisa. Hace un día espléndido: el sol brilla en medio de un cielo azul eléctrico, destellando por momentos entre las hojas de los árboles mecidas por la brisa, allá en mitad de la Alameda. Pájaros y vendedoras de flores cantan a diestro y siniestro, bullen las aceras de humanidad despreocupada, una suerte de ejército adoctrinado en contra de la rutina de los días, subsistiendo al margen de horarios y obligaciones. Alberto Tomás se recrea con placer en el mundo alrededor, la vida que discurre, la vida que procede y a la que no siempre tiene uno la oportunidad de encarar con la calma que concede el tiempo a favor. Siempre prisas, siempre compromisos, siempre nunca. Poco a poco, pendiente todavía de todas estas cosas, Alberto Tomás deja atrás las amplias avenidas del centro y se adentra por las callejas estrechas que conducen al barrio. La luz del sol juega ahora al claroscuro con las sombras de los viejos edificios, la fruta brilla en mil colores a la puerta de las tiendas, observadas a ras de calle por ancianas de gesto desconfiado. Entretanto, algunos niños corretean, chillan, juegan entre los transeúntes. Alberto Tomás los esquiva con ademanes torpes, ya muy cerca de casa. Antes de subir, sin embargo, se detiene delante del estanco, vacilando. ¿Cuánto hace ya? ¿Quince, veinte años? El rostro severo del doctor González se le prefigura en el envés de los párpados. ¿Qué más da? Alberto Tomás entra y compra una cajetilla de Chester, la que fuera su marca favorita. También un mechero, claro. El doctor González le reprende en el recuerdo inmediato. Hace treinta, treinta y cinco minutos. Casi como si hubiera sido culpa suya. Al salir saca un cigarrillo y lo enciende, experimentando enseguida un alivio redentor. Nada que hacer, enfisema. Eso dijo el doctor González. Que habiendo fumado tanto, incluso habiendo pasado ya tanto tiempo, siempre existían tales riesgos. Voz severa, recriminatoria. Alberto Tomás se encoge de hombros. Olvida, se resigna, sonríe, ahoga la impresión causada por la fatídica noticia en una bocanada profunda de humo. Ahora sí, se dice. Ahora por fin puede fumar sin remordimiento.

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